

Miqui Otero, Barcelona
Si Frank Sinatra supiera que iban a meter el templo del punk en Las Vegas seguramente revisaría su agenda y marcaría algún nombre italiano.
Los que decían que el punk había muerto cuando The Clash firmaron por la multinacional CBS seguramente no temían que su cuna moriría en bancarrota y, según planea su propietario, sería transporatada, piedra a piedra, a la ciudad del juego y el neón.
Las mismas piedras que presenciaron la explosión de Los Ramones o los Talking Heads son pedazos de historia donde, según explica Dee Dee Ramone en su biografía, los punks orinaban en las paredes y «el olor a birra fermentada era tan insufrible que la gente se mareraba».
Abierto en 1973, el local pasó de ser un antro frecuentado por cenutrios veteranos de Vietnam, y con el perro del jefe defecando en el escenario, a recoger el legado del Max’s Kansas City de Warhol. En el CBGB, grupos sin blanca descargaban canciones de menos de dos minutos que demostraban que lo importante era lo que escupías sin florituras, mientras Patti Smith recitaba poesía y atraía a viejos gurús como Allen Ginsberg.
Precisamente ella ofrecía en la noche del domingo neoyorquino el último concierto del templo punk. Allí donde Richard Hell, uno de los artífices de su auge, paseaba una camiseta que rezaba: «Por favor mátame».
El símbolo: un indulto para el lavabo punk
El sufrido lavabo del CBGB puede tener una segunda oportunidad. El propietario del local, Hilly Krystal, quiere trasladarlo a Las Vegas, donde se reconstruriá el club. El alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, y estrellas como Juliette Lewis y Patti Smith han luchado por salver el CBGB.