
Texto del libro de Pablo San José «El Ladrillo de Cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla», de Editorial Revolussia.
Ver también:
Un anillo para gobernarlos a todos (II): Coacción
Un anillo para gobernarlos a todos (III): Adoctrinamiento
Un anillo para gobernarlos a todos (IV): Ingeniería social
Los sociólogos contemporáneos que estudian «el poder» (1) debaten sobre qué es más: la coacción o la seducción. Por mi parte puedo decir que, apostando por la línea que vengo siguiendo aquí, entiendo que, en grupos ya plenamente humanos, antes que la fuerza fue el prestigio. Según Clastres, la institución de la jefatura en las sociedades primitivas que apenas inician una transición hacia un modelo estratificado, no se basa en la imposición de la autoridad ejecutiva. El plus de poder se concreta en la capacidad de administrar el capital simbólico. Así, en dicho contexto, del jefe no se espera capacidad de castigo, sino el destacar en una serie de habilidades y funciones: quien más habla, quien más regalos hace, quien más fiero es y más arriesga en la guerra. En algunas culturas es, además, el que dialoga con los espíritus. Voy a decir, reconociendo que lo hago sin apoyo documental —especular es gratis—, que cuando el prestigio da paso a una verdadera jefatura política con poder acumulado y requiere, como hemos explicado páginas arriba, concentración de propiedad que robustezca el dominio, es cuando surge la necesidad de la protección armada: para custodiar y aumentar dicha propiedad y para hacer más difícil e improbable el desafío a la jefatura. Es el origen del militarismo. Pero, incluso en épocas de hierro en las que los poderosos mantienen y acrecientan su poder fundamentalmente con ayuda de medios coercitivos, éstos nunca son el único recurso de control empleado. El poder, para ser, necesita del «dinero» y, ambos, a su vez, del prestigio (2). Ahí están las pirámides de Egipto, por ejemplo. Viajar a través de las distintas civilizaciones humanas y reseñar las diversas formas que ha ido adoptando el ejercicio del poder en cada una de ellas, a buen seguro, resultaría un ejercicio apasionante. Lamentablemente desborda el objetivo de este ensayo, que se quiere centrar en la edad contemporánea. Baste decir que en todo tiempo y lugar donde el poder concentrado existió, éste empleó, además de la violencia, mecanismos de acumulación material y de legitimación social.
A medida que el sistema político y económico se ha ido haciendo más y más complejo, y la sociedad, dejando atrás formatos más y menos descentralizados y disímiles, se ha ido homogeneizando, la forma de dominación y control de las personas de dicha sociedad, tanto del primer como del tercer mundo, también ha adquirido mayores cotas de sofisticación. El centro de poder, paulatinamente, va actualizando, cuando no generando de nuevo cuño, mecanismos, estrategias y tecnologías concretas que le permiten mantener a la población bajo control. Cuando pensamos en esas estrategias inmediatamente nos vienen a la mente figuras como la policía, las cámaras de videovigilancia o las pantallas adoctrinadoras. Sin embargo, hay un instrumento de control que es previo a todas estas instancias y mucho más poderoso que ellas.
Presente desde siempre en toda cultura humana: la capacidad de cada sociedad de autorreproducirse, autoproyectarse hacia sus sucesivas generaciones. La simple transmisión de la cultura, la inercia de una sociedad concreta —el «habitus» (3) del que hablaba Pierre Bourdieu—, a los nuevos integrantes de esa sociedad es el mejor antídoto para conjurar posibles desafíos a su modelo estructural.
En las sociedades primitivas, cuya estructura no tenía gran complejidad y además estaba funcionalmente adaptada al medio, esa transmisión era automática, sencilla y de carácter total. En una sociedad gigantesca, tecnologizada y compleja como la nuestra que, además, está en evolución constante, esa autorreproducción se vuelve mucho más complicada pero, a la vez, imprescindible para los intereses de quienes la rigen. Éstos, a diferencia de lo que acontece en las sociedades primitivas, se dotarán de la capacidad suficiente para distinguir los datos que desean que sean autoperpetuados de los que les resultan a extinguir ya que no favorecen su interés de grupo, así como de medios para lograrlo.
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) proponía la metáfora del guardabosques y el jardinero. Según la misma, las sociedades primitivas, por su simplicidad, se autorreproducen de forma espontánea, siendo la función del poder similar a la de un guardabosques que cuida la finca y vive de la recolección de los frutos maduros. En cambio, la complejidad de la sociedad contemporánea hace imposible su replicación espontánea, siendo necesario que la dominación adopte el rol de un jardinero que cuida, planta, riega, abona, cosecha y elimina malas hierbas. Más adelante volveremos a este ejemplo.

El sociólogo francés Émile Durkheim (1858-1917) —relacionado con las escuelas funcionalista y estructuralista (4)— fue de los primeros en reflexionar en profundidad acerca de la influencia que la cultura heredada ejerce sobre los individuos de una sociedad. En concreto hablaba de «los hechos sociales», que definía como «…modos de actuar, pensar y sentir externos al individuo, y que poseen un poder de coerción en virtud del cual se imponen a él…» Según Durkheim, estos hechos sociales son anteriores y externos a la persona, ya que estaban antes de que ésta naciese. Son colectivos porque afectan a toda la sociedad, y son coercitivos ya que se imponen a cada individuo por el solo hecho de haber nacido en una sociedad concreta: por ejemplo, el idioma. El hecho social, así definido, viene a ser una especie de intrusión de la sociedad en el propio ser del individuo que, de esta forma, será y no podrá dejar de ser, un combo de individualidad y expresión, o sucursal, de su sociedad concreta.
Por su parte Bourdieu (1930-2002), heredero de Durkheim (y de Foucault), pero también de las corrientes sociológicas de origen marxista, muchas décadas después, afina la idea y la relaciona con el ejercicio del poder. La capacidad que la dominación tiene, que decíamos antes, de seleccionar qué datos de la sociedad deben autorreproducirse (o crearse ad hoc) y cuales no, es lo que Bourdieu —simplifico la explicación— denomina «violencia simbólica». Según Bourdieu, y en esto sigue a Foucault, en las sociedades contemporáneas el poder central tiende a esconderse, a difuminarse, a buscar formas de ejercer la dominación sutiles, inconscientes, que, lejos de despertar reticencias, conciten la adhesión voluntaria de los dominados. Así, más allá del empleo de medios coercitivos que regulen los comportamientos, el objetivo será poder controlar qué piensa la gente, cómo comprende la realidad y —sobre todo— cuales son los límites de ese pensamiento; qué cosas están fuera de lugar, son anormales, están en contra de lo que piensan los demás, ofenden al sentido común. Ya reflexionábamos sobre ello en el capítulo «hay que mirar más lejos». La violencia simbólica circula por las carreteras de la comunicación (sistemas de educación, mass media, expresiones culturales como películas, letras de canciones, etc.). Dirigida desde el centro de poder hacia los gobernados, se convierte en «estructurante»: crea estructuras mentales, imaginarios. Ciertos mensajes son sutilmente legitimados, al tiempo que se desacreditan otros. Al final, la gente acaba siendo obligada a pensar lo que tiene que pensar desde un marco comunicativo de legitimidad, no mediante una descarada coacción, como podría ser la censura o la formación explícita de masas.
El discurso que emana del poder, lo sea o no, se convierte en una «verdad» cuando es aceptado por la población. Ésta, a su vez, reproduce dicha «verdad», acrecentando el poder de dominación y la cantidad de violencia simbólica en circulación. Tales verdades, visiones de cómo es y debe ser el mundo, por efecto del «habitus», se internalizan por los individuos de forma heterónoma, sin un paso previo de examen de conciencia propia. La idea, que ha quedado instalada en la mente del individuo y que, además, es compartida socialmente, se convierte en un axioma; en una lectura cerrada de la realidad. Este hecho facilita enormemente las cosas a la dominación. Ante cualquier cuestionamiento del status quo basta invocar al «sentido común», a la idea de cómo deben ser las cosas que cada individuo tiene perfectamente internalizada y puesta en relación con el todo social, para que la disidencia sea rápidamente ninguneada. Todo el sistema se apoya en hacer creer a los dominados que no hay tal dominación: que la autoridad es democrática y que, precisamente por eso, por ser una autoridad democrática, todos deben someterse libremente a ella. De esta forma, la violencia simbólica es aplicada sobre los individuos con su consentimiento, con su complicidad, de hecho.
En todo esto juega un papel de primer orden el estado, lugar donde se custodia, junto con el de la violencia física, el monopolio de la violencia simbólica. El estado, como nadie, tiene los medios para imponer una visión del mundo concreta sobre la población. Pensemos en los sistemas de enseñanza, pero también en sus medios de comunicación propios, o en su aparato de ingeniería sociocultural: fijación o supresión de festividades, reconocimiento a la «autoridad» política, policial, militar, etc., promoción del nacionalismo patrio, sublimación de su corpus jurídico —la constitución, la monarquía, el parlamento, los tribunales, etc.—, señalamiento de amenazas… El estado, además, es el árbitro cuando diversas facciones pugnan por obtener mayores cotas de poder simbólico (capacidad de influir y determinar) en una sociedad. A su vez, controlar el estado es el objeto de deseo instrumental de dichas facciones. Véase, por poner un claro ejemplo, el caso de la Venezuela actual.
Michel Foucault (1926-1984) a todo esto añadía el concepto de que en realidad no existe un poder como tal, sino una multiplicidad de relaciones de autoridad que se dan a muy diferentes escalas. Por debajo de la capacidad de gobierno de los estados o los grupos fácticos hay toda una red de situaciones de desigualdad: el marido sobre la mujer (el patriarcado), el padre sobre el hijo, el jefe sobre el empleado, el profesor sobre el alumno, el líder carismático sobre el grupo, etc. Estas situaciones se interrelacionan y retroalimentan entre sí dando cuerpo a un todo. Aunque, considerados uno a uno, sean autónomos, espontáneos, dinámicos…, el poder mayor se nutre de este tejido de micropoderes, se hace presente a través de él y lo aprovecha como herramienta estructurante de la sociedad. Según apunta este esquema —Foucault pertenece también, de alguna forma, a la corriente estructuralista— el individuo sería poco más que un punto de la trama: un sujeto constituido en lo principal por el sistema de relaciones de la estructura social.
Se lee en «El Señor de los Anillos», de J. R. R. Tolkien:
«Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.
Siete para los Señores Enanos en palacios de piedra.
Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.
Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
un Anillo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.»
Enmarcándola en esta alegoría sobre el poder y sus efectos, voy a tratar de realizar una enumeración sobre los distintos «anillos», o sistemas concretos de dominación, que utiliza el «señor oscuro», esto es, el centro de poder de la sociedad occidental. Propongo distribuir los numerosos anillos que dependen del anillo único y trabajan para él en cuatro grupos: coacción, adoctrinamiento, ingeniería social y seducción. Hay que tener claro que, a lo largo de la historia, ha sido excepcional y puntual la utilización de un solo instrumento de control. Lo normal ha sido gobernar mediante una combinación de varios o de todos ellos. Hecho que sucede con mayor grado de necesidad según las sociedades son más complejas.
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Notas
1- Hay añejo debate en el mundo de la sociología en torno a la definición de «poder». Yo me voy a referir en este capítulo al poder en cuanto dominación; es decir, poder que se concentra —unos lo pierden y otros lo ganan— y autogenera mecanismos para consolidar la exacción y aun mantener la dinámica progresiva de la acumulación.
2- «Es de suma importancia el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto (Lc 4, 1-13). Tras cuarenta días de ayuno, oración y soledad, y con carácter previo a su vida pública, Jesús es tentado por el diablo, según cuenta la narración legendaria. La tentación es triple: comida para saciar su hambre, dominio político sobre una nación y la prueba de su divinidad mediante una demostración espectacular. En estas tentaciones están representadas las tres grandes debilidades humanas que son camino para la perdición y el malogro personal: Se trata de la riqueza, el dinero (simbolizado por la necesidad material de comida tras el ayuno), el poder (simbolizado por el dominio sobre la nación) y el prestigio social (simbolizado por la demostración de divinidad). El Nuevo Testamento propone la renuncia absoluta de estas tres tentaciones, en tanto fines y también en tanto medios (1 Cor 1, 20-31).» Pablo San José Alonso, en «Aproximación a la propuesta cristiana desde un punto de vista político revolucionario». http://www.grupotortuga.com/Aproximacion-a-la-propuesta
3- Habitus es un concepto que Bourdieu toma del propio Aristóteles. Éste lo denominaba «hexis», que se traduce por «disposición» y se refiere al conjunto de esquemas socialmente adquiridos que influyen en la decisión que un sujeto adopta. El habitus de Bourdieu es eso mismo: una cosmovisión; una forma de percibir el mundo y una pauta para actuar. El sociólogo francés añade al concepto aristotélico que el habitus es un conjunto de «estructuras estructurantes estructuradas». Son estructuradas porque suponen la interiorización gradual por parte del individuo de la estructura social a la que pertenece. No solo la cultura en general de su sociedad, sino también su nicho social propio: clase, grupo, particularismos de la región donde vive, etc. Son estructurantes porque, a partir de ellas, se producen las percepciones, los pensamientos y la forma de actuar del sujeto.
4- La sociología es una ciencia humanística particularmente ambigua. Su objeto de estudio, se supone, es la sociedad humana. El acercamiento a ésta, obviamente, admite multitud de enfoques y, así, la ciencia sociológica se divide y subdivide en no pocas corrientes, cuya clasificación concita escaso consenso en los manuales. Además de la visión marxista sobre la sociedad de la que ya hemos hablado —economicista, determinista, basada en el factor «trabajo» y la lucha de clases— me interesan, a efectos de este capítulo, las escuelas funcionalista y estructuralista. Sobre todo en sus desarrollos más cercanos al momento actual. El funcionalismo estudia la sociedad como un sistema organizado de instituciones en el que cada una de ellas encuentra su razón de ser en la resolución de una necesidad colectiva; es decir, cumple una función y contribuye, así, al equilibrio de todo el sistema. Por su parte el estructuralismo, más que su porqué o para qué, estudia el cómo es cada institución social y cómo se relaciona con el todo. Entiende que los comportamientos individuales y las pautas sociales tienen su origen en esa disposición estructural y vienen a ser su consecuencia. Como puede advertirse ambos enfoques no se oponen. Antes bien, se complementan entre sí y, a ojos de muchos estudiosos, constituyen una misma corriente. Además de estas escuelas, que analizan la sociedad en tanto estructura, hay otras visiones sociológicas que la estudian poniendo el foco en el individuo: sus comportamientos (más libres o más determinados, según quién opina) y sus sistemas de relación. Es lo que se conoce como microsociología, muy en boga a día de hoy. En cualquier caso, aunque muchos de los actuales teóricos adscritos a cada una de estas corrientes se niegan y denostan unos a otros, a mi me parece que es más que frecuente que las fronteras conceptuales en las que se da el desencuentro acaben por estar bastante difuminadas.