Texto del libro de Pablo San José «El Ladrillo de Cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla», de Editorial Revolussia.

Índice y ficha del libro

Ver también:

Un anillo para gobernarlos a todos (I): ¿Qué es el poder?

Un anillo para gobernarlos a todos (II): Coacción

Un anillo para gobernarlos a todos (IV): Ingeniería social


Adoctrinamiento

Cuando, siguiendo las teorías de los sociólogos que hemos nombrado en este capítulo, hablamos de autorreproducción de la sociedad, algo que sucede con carácter universal, cabe distinguir entre una forma espontánea y más o menos inconsciente de que ello suceda y otra, programada y consciente. A esta segunda, sin ánimo peyorativo y por entendernos, le vamos a llamar «adoctrinar». La distinción no deja de ser ambigua y hay numerosos patrones transmitidos que se nos quedan entre dos aguas. Casi cabría hablar de una gradación, más que de una dicotomía.

Las personas que habitan una zona determinada, por poner un ejemplo, además del mismo idioma, comparten una serie de modismos léxicos y fonéticos. Se entiende que no hay un proyecto deliberado ni consciente por parte de nadie para que todo el mundo termine hablando con el mismo acento. Que, también por ejemplo, en los pueblos de interior del País Valencià, haya un porcentaje alto de personas con formación en música clásica, y que este tipo de arte forme parte de la tradición popular, manteniendo cierta adhesión de la juventud, podría decirse, es algo que se transmite, tanto por ambiente, como por decisión deliberada de los miembros de la colectividad (de muchos de ellos) de educar a sus hijos en tal disciplina y mantener viva la tradición —por ejemplo, participando en la banda local o en la colla de dolçainers— de forma voluntarista. Podríamos nombrar muchos casos de este tenor. Es decir, los padres, y con ellos la sociedad toda, educan a los nuevos miembros, sumando una transmisión de datos espontánea e inconsciente a un proyecto educativo objetivo y reconocible. En ese segundo empeño cabe considerar que, a su vez, esos padres no son del todo libres y no dejan de estar reproduciendo un patrón que ellos mismos han recibido de forma externa. Verbigracia, es habitual que los progenitores del momento actual con un mínimo de nivel cultural, con pocas excepciones, tengan decidido que sus hijos deberían llegar a estar dotados de estudios superiores. Incluso la mayoría de quienes tienen profesiones liberales o negocios que podrían proponer como medio de vida a sus vástagos. Es de creer que hay algún tipo de instancia externa a cada una de estas personas que logra que todas ellas, o la gran mayoría, decidan que sus hijos han de completar ese ciclo estudiantil que les mantiene en fase de formación académica casi hasta que les salen canas.

Podría decir que todo esto no tiene mucho que ver con el poder, ya que es una transmisión cultural particular, familiar… Pero, desde que Foucault afirmó que el poder es una suerte de relaciones dinámicas y cambiantes en red, cabe sospechar de cada una de estas realidades, sobre todo cuando se convierten en tendencia dominante. La idea de todo este párrafo es sugerir que el señor de los anillos aprovecha los mecanismos de educación particulares —apunto a mi hijo a karate, lo hago socio del Hércules, le abro una cartilla bancaria, lo inflo a regalos en navidad— para subrogar sutilmente algunos de sus mecanismos de doctrinar.

Y, yendo más lejos del adoctrinamiento desde la propia familia —lo que llamamos educación—, el poder concentrado en la era contemporánea ha tendido a desarrollar mecanismos específicos para educar a las masas que gobierna en aquellos conceptos que son de su conveniencia. En no pocas ocasiones, sustituyendo a la propia institución familiar. Siendo yo antimilitarista, mi hijo de cinco años arguye que la policía es buena ya que encarcela a los delincuentes y que los bancos, asimismo, lo son porque le dan dinero a la gente. Al comentarle que también dejan a personas sin casa, me responde que no pasa nada, porque «eso lo arregla el alcalde». El sistema —y los dibujos animados— funcionan. Este adoctrinamiento se realiza de forma consciente y no tanto por automatismos, si bien no siempre se declara públicamente la intención. En ocasiones de forma programada, como los planes de estudio escolares, y en otras de forma espontánea, como las campañas publicitarias, las cuales, teniendo como objetivo la promoción de un producto concreto, subsidiariamente educan en ciertos valores —el consumismo, el estar a la moda, la fe en el progreso tecnológico o la codicia, verbigracia— de gran interés para el poder, en este caso económico.

Más allá del programa educativo consciente que los padres dan a sus hijos en toda sociedad, podría decirse que la primera forma de adoctrinamiento directamente vinculada al poder establecido la encontramos en la religión: el chamán que inicia a su aprendiz en los misterios arcanos, el niño o neófito que recibe su catequesis, el clérigo que se preparara para desempeñar su función. En el mundo preilustrado participar del monopolio del saber religioso proporcionaba prestigio, el cual, a menudo, se traducía en poder político. Así, veremos con frecuencia a las cúpulas de las diferentes instituciones religiosas coaptadas por los gobernantes y puestas a su servicio (en ocasiones es la propia institución religiosa la que se hace con las riendas del poder ejecutivo). La religión en esas sociedades constituye una forma de comprender la existencia que todos comparten. Quienes administran sus liturgias, a su vez, gozan de un gran respeto por parte de la colectividad. «Capital simbólico», que diría Bourdieu, que puede hacer mucho por el poder. Puede legitimarlo: «por la gracia de Dios» lo han sido no pocos gobernantes. También puede educar al pueblo en la aceptación del status quo, dándole al mismo el marchamo de «voluntad divina», y a su desafío el de «pecado». Las fórmulas pedagógicas y sus recursos teóricos, los discursos, han sido variados a lo largo de la historia. En nuestro caso es conocida la homilética que la iglesia católica dedicó durante años a apuntalar el franquismo. Otro interesante ejemplo que podríamos nombrar es el de los césares romanos convirtiendo su propia efigie en un dios más a adorar en el panteón. Idea que, y por eso me parece interesante, ha sido utilizada también por algunas religiones de la modernidad, como el marxismo político —el cual no deja de ser una escatología historicista—, dando lugar a formidables dogmáticas y al culto a la personalidad de sus principales líderes. O la mitomanía hacia los iconos del consumismo capitalista, que también es una neta expresión espiritual. Conviene decir que la religión es una realidad sumamente compleja que sería reduccionista definir como mera fórmula de ejercicio del poder o apéndice del mismo. De hecho, en no pocas ocasiones, el propio poder ha sido señalado y combatido por grupos sociales que lo hacían impulsados por su espiritualidad religiosa compartida.

A partir de la Ilustración y la revolución liberal, el poder económico y político controlado por la burguesía dispondrá de una vanguardia intelectual que, como explicábamos en otro capítulo, reflexionará sobre el modelo social a la luz de la nueva cosmovisión de la modernidad cientificista. Uno de los frutos de tal esfuerzo de pensamiento será la idea de la necesidad de educar a las masas iletradas. La coartada es liberarlas de la ignorancia. La realidad es que la instrucción social reglada que se va a acometer mediante la institución de la escuela obligatoria, se convertirá desde el primer momento en una magnífica herramienta de troquelar el pensamiento. El guardabosques comienza a transformarse en jardinero. Con las letras y los números se transmite todo lo demás: desde el respeto reverencial a las nuevas instituciones políticas y económicas, hasta la adhesión patriótica a los nuevos estados. La escuela, institución de la modernidad ilustrada por excelencia, es tan poderosa como medio adoctrinador que, en ocasiones, alcanza a minorizar idiomas, desplazar creencias religiosas y deslegitimar modos de vida tradicionales. Su potencial de modelar el pensamiento colectivo se fundamenta en su carácter universal (todas las personas de la sociedad pasan por ella y permanecen largos años bajo su influjo), obligatorio (el absentismo está legalmente proscrito) y unívoco: no hay alternativa; «pública» o privada, empleando unos u otros sistemas pedagógicos, lo sustancial del cuerpo ideológico a transmitir es el mismo en todas las escuelas y se encuentra férreamente controlado por la institución estatal. En cada momento y lugar, sea la escuela franquista, la de la Logse o la de la China de Mao, los colegios fabricarán ciudadanos convencidos de lo inexorable del sistema en que viven. Cual si fuesen píldoras, la escuela introducirá los conceptos a los que cabe adherirse en mentes en formación y del todo manipulables. A veces de forma burda: véase la asignatura de «educación para la ciudadanía», auténtico sustituto y adaptación de la antigua «formación del espíritu nacional», o los contenidos sobre política de las asignaturas de ciencias sociales. Pero, en general, de forma harto más sutil. El poder, por ejemplo, decide en qué tipo de aprendizajes ha de formarse la población: en nuestro caso cuestiones conceptuales, científicas, utilitaristas (8). Siempre orientadas a la eficiencia dentro del mercado laboral asalariado. Y no se educa (o se hace residualmente), verbigracia, para desarrollar capacidades manuales, emocionales, relacionales etc. Y aunque, últimamente, algunas pedagogías (Montessori, inteligencias múltiples de Gardner, Waldorf, pedagogía libertaria…) tratan de salir al paso de esta descompensación, en realidad, al aplicarse por lo común en edades muy precoces, siendo sustituidas progresivamente por el sistema «clásico» a lo largo del proceso educativo, más me resultan, en su conjunto, una especie de lavado de cara. Pedro García Olivo es sumamente crítico con estas pedagogías «alternativas», a las que tacha de simple disfraz legitimador. En su opinión, cualquier sistema pedagógico que segregue, aunque sea de forma horaria, a niños y jóvenes de su familia y comunidad cercana (única instancia a la que reconoce la facultad y el derecho de educar) para recluirlos en centros en los que se les administra una formación pautada, solo por tal circunstancia, es agente destructor de la comunidad, del pueblo, y fortalecedor del poder estatal. Opino lo mismo. Otra disquisición será a ver qué hacemos con nuestros hijos en un contexto en el que todo lo que tenga que ver con pueblo, comunidad y aun familia, está en vías de desaparición, cuando no desaparecido por completo.

Me voy del tema. Cierto es que la escuela enseña la perfectibilidad de nuestra democracia, con su impecable sistema bicameral, su soberanía popular, su monarquía garante y sus fuerzas armadas comprometidas con la paz, y orienta las inquietudes de conocimiento de los alumnos hacia la trigonometría, el dibujo técnico y el inglés. Pero estas cuestiones no son las más importantes a la hora de implantar masivamente en la mente de los sujetos los datos sociales que el sistema desea reproducir. La escuela, de principio a fin, desde el nivel preescolar al universitario, es un panóptico: un inmenso campo de concentración murado (y hasta la parte secundaria del sistema educativo, cerrado con llave), sometido a normas y pautas de disciplina. Y a vigilancia: de los expedientes académicos —¿progresa o no el sujeto «adecuadamente»?— y de los comportamientos. Todos vigilan a todos: el profesor a sus alumnos (el inspector a los profesores), los alumnos entre sí —¿quién no se ha sentido escrutado por el resto de su clase en el instituto?— y, por último, tal como colegía Bentham, cada cual a sí mismo: ¿estoy a la altura del grupo, a la altura de lo que se espera de mi, aprobaré…? En ningún lugar, quizá ni en una prisión, es vigilado tan íntima y personalizadamente un individuo. Hasta psicólogos circulan por los pasillos. El sistema del examen, por ejemplo, denostado desde hace mucho en cuanto a su capacidad para interiorizar conocimientos, es un simple mecanismo de vigilancia. A dos bandas: la obligación de aprobar el examen exige al alumno, apremiado por fuertes emociones negativas como el miedo o la ansiedad, la permanente revisión de su grado de preparación. No solo eso. Habrá de plantearse también su propia actitud; si estudia lo suficiente, si «pierde» o no el tiempo haciendo otras cosas. A su vez, el examen es la mirilla a través de la cual el estudiante es permanentemente observado tanto por el profesor como, también, por sus padres que tanto esperan de él. Y, a través de ellos, por toda la sociedad (9). El alumno, siempre sometido a la autoridad jerárquica del profesorado, que es moral, intelectual y disciplinaria, lo está también a todo un ritual de normas colectivas de obligado cumplimiento. Cual si fuera un cuartel —con silbatos o con relajantes melodías transmitidas por altavoces— todos a una entran, salen, se sientan ordenadamente, guardan silencio, comparten menú por turnos. Se ponen uniformes en algunos casos. Después de largos años de singladura surcando las diferentes fases del recorrido que dan en llamar «educativo», la persona resultante ha interiorizado a la perfección los esquemas mentales precisos para el sometimiento felizmente adaptado a la rueda que gira inexorable. Este proceso, en sociología, se conoce con el nombre de «normalización».

Mención propia merece la universidad, lugar que, reuniendo todas las características anteriormente enunciadas, funciona asimismo como sede del monopolio del conocimiento. En una sociedad de la modernidad, el conocimiento y la forma de conocer —la epistemología— se rigen por parámetros científicos. Y la ciencia, una nueva religión también, tiene su templo en la universidad. No es posible, o resulta difícil en extremo, disentir o contraponer una verdad diferente a la proclamada desde el ámbito universitario. En cualquier disciplina. Foucault, Bourdieu o el mismísimo García Calvo difícilmente hubieran encontrado lectores para sus diatribas sobre el poder si no las hubieran redactado desde el prestigio de una cátedra universitaria. A sueldo de ese mismo poder, añado. Bookchin, Arendt, Sennet y algunos otros reputados pensadores cuyos trabajos estoy utilizando como inspiración en este ensayo, reconocen haber escrito sus obras principales gracias a la «liberación» laboral obtenida merced al patrocinio económico de la universidad y de otras «filantrópicas» instancias empresariales. El llamado «pensamiento único» que el sistema pone en circulación de forma variada —por ejemplo mediante la labor de los medios de comunicación—, tiene en la universidad su principal anclaje. Precisamente por la aureola de respetabilidad, afectación y superioridad con que se reviste artificialmente a la institución y que baña en general todo el mundo académico. Y otras instancias de similar importancia para el poder: la judicatura, por ejemplo. Tal circunstancia, que podríamos atribuir, quizá, más a la faceta de «seducción» de la dominación, no deja de tener su capacidad adoctrinadora, al constituir una especie de cauce para el pensamiento, un límite a partir del cual lo reflexionado se convierte en extravagante y minoritario.

El otro gran sistema adoctrinador que nos queda por revisar es el de los medios de comunicación de masas. Herramienta sinuosa y sofisticada, que se adapta a diferentes fórmulas y responde a diversas funciones. Se han escrito ríos de tinta sobre la capacidad adoctrinadora de este medio y yo voy a tratar de ser breve aquí. La producción de verdades —según Foucault es el poder quien crea la verdad; de hecho la «verdad» que el poder es capaz de repetir hasta que la gente se la cree es lo que constituye «lo existente»— es cuestión de capital importancia para el mantenimiento del orden social. Ya en la Edad Media reyes y papas empleaban edictos y bulas para recordar a sus súbditos cual era la lectura de las cosas a la que debían adherirse; generalmente cuestiones de legitimidad sobre quién detentaba el trono. Sobre cuál era la religión verdadera y cuál la falsa algo más tarde, en tiempos de la Reforma.

Es en la era contemporánea cuando aparecen los primeros sistemas permanentes de comunicación entre el poder —sobre todo en su dimensión económica— y las masas gobernadas. Así, la prensa escrita, a partir de la Enciclopedia, que es una especie de revista distribuida por fascículos, junto con el conocimiento ilustrado, será órgano de expresión de las ideas liberales. Ideas que se enuncian tal cual, en formato de opinión y de ensayo, o como enfoques o puntos de vista concretos a la hora de narrar e interpretar la actualidad noticiable. Tal cosa no ha evolucionado apenas a lo largo de los siglos y hoy, a mi parecer, sigue teniendo una mayor potencia manipuladora el tratamiento que los medios de comunicación dan a la actualidad, que la expresión directa de puntos de vista cerrados. Por ejemplo: aquello de lo que los medios de comunicación no hablan, por muy trascendente que sea, simplemente no existe; aquello de lo que hablan día y noche, sea o no importante para la vida material del público, acabará constituyéndose en centro de sus preocupaciones. A ello cabe añadir el sesgo periodístico; la valoración subjetiva del hecho que es deslizada por el periodista o el medio al transmitir la información. Cuando estas cosas se realizan masiva y sistemáticamente, de forma automática generan, ayer y hoy, estados de opinión (10). La mentira repetida mil veces se convierte en verdad, se decía. Podemos añadir que la verdad de la que nadie habla, desaparece. No es de extrañar que todo poder, político y económico, también de ayer y de hoy, trate de dotarse de tribunas (periódicos, radios, televisiones, plataformas de internet) desde donde proyectar su discurso manipulador. Basta una simple aproximación a los principales medios de comunicación de la actualidad para comprobar cómo el sistema de poder político usa y abusa de ellos. Cómo noticiarios y tertulias se ven inundados por la promoción incesante de sus principales protagonistas, Cómo éstos, desarrollando pedagogías cuidadosamente planificadas, exponen, mienten, manipulan, retuercen el análisis de la realidad; todo ello con la profusión que sea requerida para lograr el objetivo de moldear los estados generales de opinión. La omnipresencia de este tipo de personajes en los medios, con sus discursos permanentemente impostados, y las artificiosas polémicas que escenifican entre ellos, terminan por acostumbrar a la audiencia a la dinámica de la posverdad: sea la coartada para bombardear un país, sea la convicción de que es necesario endurecer las leyes y encarcelar a los disidentes. La gente termina por interiorizar, tanto los propios mensajes, como la forma de construirlos. Al final del proceso queda poco de verdad, valor que, en realidad, no interesa a nadie; sólo hay distintas formas de ver las cosas vinculadas a cada trinchera: simples y cerrados ataques y defensas del punto de vista con el que cada cual se ha comprometido.

Un ejemplo muy ilustrativo es el de la promoción del «discurso del miedo». Es sabido que la amenaza exterior une a la colectividad. Si, además, es una amenaza capaz de introducir un cierto vector de inseguridad, ello redundará en que esa unión se haga en torno a las propias instituciones, las cuales resultarán así fortalecidas. Es un mecanismo sencillo y de utilización añeja. Así, el poder, especialmente en tiempos de crisis, estará interesado en la promoción de amenazas, imaginarias o reales, pero descompensadas estas últimas en cuanto a trascendencia o peligrosidad con respecto a la atención mediática que se les concede, en comparación con otros riesgos que afectan a la colectividad. Siempre hay un chivo expiatorio o un Fu Manchú al que señalar: cuando no es ETA, es Bin Laden o el terrorismo yihadista. Incluso la meteorología se utiliza recurrentemente como causa de incertidumbre. Naomí Klein analiza un poco más el mecanismo. En su obra «La doctrina del shock» (2007), relaciona la terapia psiquiátrica llamada «de choque» con la capacidad de los poderes económicos neoliberales para imponer medidas impopulares aprovechando estados masivos de miedo, de conmoción y de confusión inducidos por el tratamiento mediático de amenazas y catástrofes.

A día de hoy, la gran mayoría de las personas de la sociedad pasan muchas horas de su jornada expuestas al bombardeo mediático. Ello está en perfecta consonancia con la magnitud y robustez de los consensos en circulación, incluso generados o transformados de un día para otro: de nuevo el pensamiento único (11). Ya lo advertía Pier Paolo Pasolini en «Escritos corsarios» (1975): «Con la televisión, el Centro ha igualado todo el país, tan diverso por su historia y tan rico en culturas originales. Ha emprendido una labor de homologación destructora de la autenticidad y la concreción. Ha impuesto, como decía, sus modelos, los de la nueva industrialización que ya no se conforma con un hombre que consume y pretende que las ideologías distintas de la del consumo sean inconcebibles.» Por si alguna gota le faltaba al vaso para colmarse, hoy el público no es mero receptor de los mensajes que le hace llegar el poder mediante la prensa escrita, la radio o la televisión: ahora todos colaboran en difundir y amplificar mediáticamente esas ideas, «rebotándolas» en las llamadas «redes sociales» de internet: la capacidad de altavoz de la barra del bar o la tertulia doméstica elevada a la enésima potencia. Hecho que no redunda en un mayor grado de conocimiento, sino en todo lo contrario. «La masa de información no engendra ninguna verdad», alerta Han. «Cuanta más información se pone en marcha tanto más intrincado se hace el mundo. La hiperinformación y la hipercomunicación no inyectan ninguna luz en la oscuridad.»

Cabe hablar también de la publicidad, del marketing: una disciplina —la de cómo engañar y determinar el comportamiento de los individuos que conforman la masa— que se ha convertido en verdadera ciencia; es incluso materia de estudio en las universidades. La mercadotecnia puede estar al servicio de la política y ser el propio estado o sus instituciones secundarias (como los partidos políticos) quienes la utilicen. El ejemplo paradigmático es Joseph Goebbels, el ministro nazi de propaganda que, por formar parte del bando perdedor, ha pasado a la historia como un gran villano, a pesar de que sus métodos comunicativos han sido una y otra vez replicados por los vencedores. Hoy observamos que una buena parte del espacio de los medios de comunicación está dedicado a la publicidad de las instituciones, especialmente la de aquéllas, como los partidos y sus líderes carismáticos, que más contribuyen a sostener el andamiaje de la ficción democrática. Así, no solo los informativos tienen en este tipo de realidad, por encima de casi cualquier otra, su principal foco de atención. Los medios están plagados de espacios —foros, tertulias, debates— dedicados a la promoción de las instituciones políticas del sistema. Sólo el fútbol —los circenses— les hace sombra como centro de atención. Por otra parte está la promoción comercial de la sociedad de consumo. Ya decíamos arriba cómo los anuncios publicitarios, más allá de promover la venta de un producto determinado, educan a la sociedad en valores. Por ejemplo, hace años que la ONCE dejó de emplear el valor «solidaridad con las personas discapacitadas» a la hora de promocionar su lotería. Hoy solo habla de las ventajas de convertirse en multimillonario. Individualismo/gregarismo, exclusividad, lujo, hedonismo… son valores que todos los días propone la publicidad como referencia contribuyendo no poco a su «normalización». Pero el principal proyecto de esta comunicación es el consumo en sí: reducir a la persona al mero rol de consumidor. Hablaremos de ello más adelante.

Hay también un «anti-adoctrinamiento», que viene a consistir en el esfuerzo de sectores sociales minoritarios más o menos conscientes de su propia identidad de tratar de combatir la ideología dominante, la violencia simbólica de que hablaba Bourdieu. Ésta se parece mucho a lo que Antonio Gramsci (1891-1937), un pensador y militante histórico del comunismo italiano cuya obra se pone periódicamente de moda entre cierta izquierda, llamaba «hegemonía». Recordemos que la visión marxista dictaminaba que la superación del modelo social se llevaría a cabo por causalidades económicas. Sin embargo, a partir de Lenin, no pocos marxistas comienzan a considerar la dimensión cultural de la sociedad, lo que Marx llamaba «superestructura», como un campo de batalla a tener en cuenta. Gramsci, inspirándose en Lenin (y también en Maquiavelo), se dio cuenta, antes que Foucault y Bourdieu, de la importancia de la generación e inyección de pensamiento al colectivo para el mantenimiento del orden social y económico. Analizó la forma en que la clase burguesa dominante detenta su control ideológico-cultural sobre la población (la hegemonía), llegando a la conclusión de que una buena parte de su éxito se fundamenta en el recurso de ocultar la realidad. Por ejemplo, el antagonismo de las relaciones económicas. Es decir, se basa en la mentira y la manipulación. Ante ello planteó la necesidad de que un grupo consciente y organizado, verdadero representante de los intereses de la clase proletaria subyugada, fuese capaz de generar un pensamiento compartido (sistemas de creencias y valores, moral, costumbres, interpretaciones de la realidad etc.) alternativo al burgués. Éste debería aglutinar en su derredor a una amplia mayoría social, logrando así una nueva hegemonía, esta sí, la buena y justa.
Gramsci entendía que, si se quiere desafiar la hegemonía burguesa, es preciso arrojar luz sobre sus falsedades y ocultamientos. Y, en coherente consecuencia, también se necesita que el nuevo discurso hegemónico proletario no incurra en esos mismos vicios. Loable intención que, como es conocido, no fue de especial aplicación en los estados nominalmente comunistas del siglo XX. Como, por otra parte, constituirse en organización tipo think tank o lobbie, para reflexionar sobre las mentiras del poder, elaborar discursos contrahegemónicos, y practicar tácticas —contrainformación, cartelería, conferencias, mítines, concentraciones y manifestaciones, acción directa…— para intentar hacer llegar a la población estos puntos de vista, sale más barato que organizar revoluciones, a ello se ha dedicado mayoritariamente la izquierda en Occidente hasta nuestros días. Íñigo Errejón, por ejemplo, ha invocado a menudo la hegemonía gramsciana en relación a los objetivos de la formación política de la que era dirigente.

En las décadas centrales del siglo XX, un grupo de intelectuales a los que se conoce con el nombre de «Escuela de Frankfurt» (12) cavilaron, asimismo, sobre la dominación cultural. Tras atinadas reflexiones sobre cómo el capitalismo y la sociedad de consumo habían conseguido destruir la autonomía de los sujetos en Occidente, desde un punto de vista que podríamos llamar «neoilustrado», expresaron su confianza en las capacidades del individuo para, con ayuda de la cultura y la ciencia (del arte, decía Walter Benjamin), deshacer la dominación y construir un nuevo paradigma que desarrollase y llevase a su meta los ideales utópicos de la Ilustración. Herbert Marcuse (1898-1979), en «El final de la utopía», llega a afirmar que es posible realizar las ilusiones de una existencia plena gracias al estado avanzado actual de los conocimientos científicos y sociopolíticos. No explica especialmente el cómo. Cuanto menos, el análisis de la realidad de estos teóricos parece descompensado con respecto a la estrategia de transformación que proponen. Y, además, resulta curioso que sus vagas propuestas de praxis, que deben buena parte de su fama al hecho de relacionarse con el conflicto estudiantil (espontáneo, diverso y sin objetivos claros) de mayo del 68, fueran de inspiración marxista.

No menos ambigua es la propuesta contrahegemónica de Foucault. Ya que el poder como tal se encuentra difuminado a lo largo y ancho de la sociedad, no hay un modo y un lugar concreto donde combatirlo. El lugar, a lo sumo, es «en todas partes». Así, la forma de luchar contra la dominación es «la resistencia». Igual que el poder mayor es capaz de hilvanar diferentes micropoderes y aprovechar su dinámica para sus estrategias globales, así las fuerzas que pretendan desafiarlo habrán de aprender a hacerlo de forma descentralizada, apoyándose en su potencial propio. Con formas «codificadas estratégicamente», diseñando cómo construir «lazos transversales de saber a saber, de un punto de politización a otro, los cruces y los intercambiadores». Esta forma de interpretar el desafío al poder, que viene a constituir posiblemente, la razón de ser ideológica de los «movimientos sociales», a mi me resulta tan sugerente como imprecisa.

Notas

7- Son casi las mismas personas que se indignan cuando gobiernos conservadores amplían las prerrogativas policiales a la hora de reprimir la protesta política, quienes reclaman y aplauden el endurecimiento punitivo en aquellos temas que están en su diana. Incumpliendo la máxima del ilustrado norteamericano Thomas Paine «quien quiera salvaguardar su libertad deberá proteger de la arbitrariedad hasta a sus enemigos, o se establecerá un precedente que se volverá contra él», ecologistas, feministas, animalistas, «anticapitalistas»… serán, en no pocos casos, fervientes partidarios de la actuación policial y la condena carcelaria, mejor cuanto más larga, como solución universal de los conflictos sobre los que tienen puesta su mirada. No parece un enfoque especialmente racional ni positivo éste, ni muy diferente al que se da en la facción conservadora; más bien apunta a la integración de esos sectores «de izquierda» en el dispositivo de autovigilancia social y castigo implantado por el régimen.

8- Y, dentro de esta dinámica, priorizando las ciencias aplicadas o los idiomas dominantes sobre, por ejemplo, las humanidades. Es fácil relacionar tal cosa con el interés de la propiedad capitalista en dotarse de grandes bolsas de mano de obra altamente cualificada (y no especialmente reflexiva) para atender las exigencias del avance tecnológico. Es paradigmático lo que sucede en el contexto de la universidad. Siguiendo la tendencia marcada por EEUU, los países de la Unión Europea concertaron en 1999 un acuerdo que, en la práctica, supone subordinar la mayor parte de los estudios universitarios a la demanda de la gran empresa. El llamado «Plan (o proceso) de Bolonia», aún en fase de implantación, está consiguiendo mercantilizar la enseñanza superior en toda Europa. Estudiar en una universidad, de este modo, ha pasado a comprenderse, ya no como supuesto derecho, sino como una inversión económica que las personas estudiantes (sus padres en realidad) han de desembolsar a cambio del puesto asalariado que, se entiende, «disfrutarán» en el futuro, merced a esa formación. Así acaba pesando, tanto o más, el factor «compraventa» que la propia cualificación. Ni qué decir sobre el ideal de la búsqueda de la sabiduría, hoy desfasado. La otra cara de la moneda es que, paulatinamente, van desapareciendo, o van siendo minorizados, los estudios que, por no merecer la atención y financiación de las empresas, se consideran no rentables, prescindibles en definitiva.

9- En Corea del Sur la selectividad de acceso a los estudios universitarios («suneung» en su idioma) supone un acontecimiento nacional. Las universidades del país están fuertemente intervenidas por la empresa, y la competitividad se establece en grado sumo. El día en que tienen lugar las pruebas se suspenden vuelos y se cortan calles, a fin de que el ruido de los motores no desconcentre a los examinandos. Los negocios abren más tarde y se multiplica el dispositivo policial con el objetivo de que nadie llegue tarde al examen. Los días previos las madres llenan de exvotos los altares de sus divinidades. Los alumnos se inflan a tranquilizantes. Lograr la nota que da acceso al estudio deseado es tocar el cielo. Fracasar en el empeño supone la defenestración social. Posiblemente el internado en un espartano centro de estudios de carácter militar. El día que las notas se hacen públicas la tasa de suicidios se dispara. Corea es uno de los países con mayor número de suicidios del mundo.

10- «Para que la fábrica de mentiras se sostenga en pie, filtrando como verdad lo que favorece y como mentira lo que perjudica a esos intereses, es precisa la convergencia de cinco ingredientes: concentración de la propiedad de los medios, financiación mediante la publicidad, dependencia de la información suministrada por el gobierno o las empresas o “los expertos”, uso de correctivos para disciplinar a los profesionales de la información, profesión de anticomunismo como religión nacional… Con estos cinco nudos, la información queda atada y bien atada».
Jesús Ibáñez: «Por una sociología de la vida cotidiana» (1994).

11- No faltan ejemplos de la incidencia práctica de los mensajes de los mass media sobre la opinión pública: alarma colectiva ante ciertos sucesos, adhesiones a la figura de deportistas patrios, diferentes sensibilidades hacia según qué escenarios bélicos… A principios de la Segunda Guerra Mundial la mayoría de los estadounidenses eran contrarios a la participación de su país en la misma. Poco después, tras una fuerte campaña mediática, la tendencia había dado un giro de ciento ochenta grados. Al final de la contienda, tras el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki y la rendición nipona, una encuesta reflejó, no solo una abrumadora aquiescencia al lanzamiento de los artefactos nucleares, sino un sentir mayoritario hacia la opción de proseguir el bombardeo atómico hasta arrasar Japón por completo.

12- La «Escuela de Frankfurt» es la etiqueta empleada para englobar a un conjunto de intelectuales, expertos en filosofía aplicada a la sociología y la política, que investigaron entre finales de los treinta y finales de los ochenta del siglo XX. En su mayoría eran de origen alemán. Aunque cada uno de ellos aporta enfoques y acercamientos disciplinarios propios, a menudo divergentes entre sí, hay algunos elementos comunes que son los que permiten clasificarlos como «escuela». Por una parte, la influencia que reciben de la filosofía hegeliana y marxista. Incluso del psicoanálisis freudiano. Por otra, el motivo de su investigación, que no es otro que el cuestionamiento de los métodos de sistematizar el conocimiento en Occidente. A su entender, la «teoría» resultante es la que legitima y apuntala la sociedad burguesa. Por ello, tratarán de proponer una metodología epistemológica que cuestione dicha teoría burguesa y permita, de algún modo, la superación del modelo social. Así, el cuerpo ideológico común a la escuela es conocido como «Teoría Crítica». Están considerados como los principales representantes de la Escuela de Frankfurt, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, que serían sus fundadores, Herbert Marcuse, o Jürgen Habermas en otra generación.

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