
En los laboratorios del progresismo capitalista se está elaborando, desde hace décadas, un cuento casi perfecto. Sus portavoces son gentes que proceden de la izquierda, “gentes-ex” en muchos casos (ex-marxistas, ex-anarquistas, ex-nihilistas, ex-ex, etcétera). De un modo viscoso, los materiales para ese cuento se fueron tomando de autores con aureola de criticismo y de resistencia, todos perfectamente acomodados y básicamente aburguesados por otra parte. Amé a muchos de ellos, y luego, al conocerlos mejor, los fui desamando uno por uno. Que si Habermas, que si Morin, que si Sloterdijk, que si Bauman, que si Gorz, que si Latouche…
Dice el cuento que la sociedad venidera, en la que se dará un progreso sostenible, habrá garantizado para toda la ciudadanía una vida digna, con un enorme incremento del “tiempo de ocio” (para Gorz, en “Los caminos del paraíso”, bastará con que cada persona trabaje no más de mil horas al año) y una Renta Básica que proteja de riesgos existenciales y solvente vulnerabilidades de clase y de género. Se habrá “decrecido” lo justo para que el Planeta nos deje vivir casi sin trabajar, entregados a labores autónomas, creativas, solidarias, degustando las libertades del juego y del amor no venal, consumiendo mucho menos a cambio y apenas contaminando por consciencia y por organización. Abrazando las diferencias y las otredades como forma de sentirnos mejor con nosotros mismos, sabremos lo que da de sí una sociedad suficientemente igualitaria, que extrae del progreso tecnológico “herramientas convivenciales” y automatizaciones capaces de emanciparnos de los empleos desagradables o simplemente penosos. Las legítimas solicitudes del pacifismo, del feminismo y del ecologismo habrán sido atendidas de una vez.
Como ya disponemos de los recursos tecnológicos para liberarnos del trabajo alienado (surtidos por la “revolución microelectrónica” y por la robotización), como la consciencia de la humanidad maduró lo necesario para comprender que la búsqueda incesante de la ganancia particular y la subordinación a las lógicas descarnadas del mercado ponen en peligro a la biosfera en su conjunto, como el sentido de la equidad se ha desarrollado entre las poblaciones hasta un punto en el que ya no es admisible la desigualdad acusada, la pobreza insufrible de unos y la riqueza ostentosa de otros, la discriminación por motivos de etnia, clase, género o religión, etcétera, cabe ser optimistas. Cabe ser optimistas y sonreír como sonríen los políticos progresistas y los emprendedores socialmente sensibles.
Dice el cuento que lo que las clases medias realmente desean ya no es ninguna revolución, ninguna conflagración sangrienta en nombre de ideales del siglo XIX. Que quieren trabajar lo menos posible y disfrutar de un ocio dilatado al máximo; que simpatizan con la idea de una Renta Básica y apuestan por una organización estatal surtidora de servicios y atenciones gratuitas, garante de la llamada “sociedad del bienestar”. Dice el cuento que ya hay muchas formaciones políticas dispuestas a satisfacer esos anhelos si acceden al poder; que sería bueno votarlas, aunque no basta con ello: conviene “movilizarse”, organizarse también a todos los niveles, participar de las convocatorias reivindicativas ciudadanas, dinamizar la “sociedad civil” como ámbito de reflexión y de reforma política. Dice el cuento que, para todo esto, tenemos las plataformas cívico-políticas del progresismo liberal, de la socialdemocracia clásica, del remozado socialismo democrático, de la izquierda que a veces ya no se quiere llamar “izquierda”, del centro radical, de los injustamente denigrados “populismos” extra-occidentales,…
Dice el cuento que por fin tenemos la libertad al alcance de la mano. También insiste en que el principal escollo para arribar a esa sociedad justa y fraternal, ecológicamente sostenible; el principal obstáculo para liberarnos del trabajo excesivo, y demorarnos en el ocio y en el juego, salvando de paso el Planeta, no es otro que el Neoliberalismo…
Lo que no dice el cuento, y por eso es solo “casi perfecto”, es que todavía quedan gentes que, si han de trabajar para otro o para una institución “una sola hora al día”, ya se saben esclavas. Personas que, si no pueden atender las cuestiones de su alimentación, de su aprendizaje, de su salud, de su movilidad, de su seguridad, etc., al margen de los tentáculos del Estado, mediante la auto-organización personal y el apoyo mutuo comunitario, ya se reconocen “en dependencia”. Y, por ello, ni van a votar siempre ni van a “movilizarse” tanto en nombre de lo que sienten como una atadura que se afloja para eternizarse, una cadena de miel y ya no de acero, una servidumbre rebajada que se les está vendiendo como “libertad”.
Los autores del cuento confían en que esas gentes tan celosas de su libertad y de su independencia terminen ahogándose, exhaustas por nadar sin descanso contra la corriente. Como van de “pacifistas” y “humanitarios”, estos embaucadores titulados han preparado también playas en el río, con sombrillas y bebidas frías para los rebeldes asequibles a la rendición. Los guardianes del balneario les proporcionarán toallas suaves y más tarde serán recompensados, por su claudicación, con algún tipo de soborno.

(Aforismos desde los no-lugares)
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