Junto a otras personas hace casi tres años en la ciudad de València tuve ocasión de participar en una actividad de mejora y avance de la sociedad en la que vivimos. Este grupo de personas realizamos una Acción Directa Noviolenta consistente en detener durante unas horas un tren militar cargado hasta los topes de armamento. Como digo, yo considero que esta acción es una aportación a la sociedad. Cada año me niego a pagar la parte de impuestos que el Estado dedica al ejército y a la guerra realizando Objeción Fiscal al Gasto Militar. En lugar de empeorar el mundo pagando este impuesto, ofrezco a la sociedad los esfuerzos físicos (y económicos) que gasto en un par de luchas concretas que entiendo algo aportan a la posibilidad de un mundo mejor para todas y todos.

Habrá quien considere el citado acto del tren militar como puro “vandalismo”. Sin duda pensará así gente que está feliz con el mundo en el que vive. Gente que se beneficia de las injusticias del Sistema y que no desea que éste cambie. Y no le conozco de nada, pero algo me da que el juez que juzgó y condenó nuestra acción pertenece a este tipo de personas.

Después de que la misma noche en que nos detuvieron rechazáramos aceptar la pena que nos ofrecía una malcarada jueza de guardia (somos inocentes y no tenemos porqué aceptar penas; en todo caso somos culpables de pretender una sociedad basada en la noviolencia) y que unos días después se anulara el juicio rápido que se había fijado, meses más tarde comparecimos ante su señoría: el juez del que voy a hablar. En el Juzgado de lo Penal número dos de València con nuestra gente, nuestro abogado, habiéndonos desplazado algunas personas con los consiguientes trastornos laborales (yo vivo en Elx), todo preparado menos los testigos de la acusación. Dos policías nacionales y un agente de seguridad. A pesar de que cuando no están los testigos de la defensa, e incluso cuando faltan las personas acusadas, el juicio se suele celebrar, su señoría optó por señalar nueva fecha. Fecha que se nos comunicó escrita con boli en un post-it.

Más meses. Nuevo intento de juicio y nueva suspensión. ¿Motivo? El mismo. Los polis y el agente de seguridad no comparecen a pesar de estar citados. Es sangrante en el caso de los policías, que es su trabajo y están obligados por ley a facilitar la acción de los tribunales. Y además que son quienes nos denuncian, coions. El juez no emprende ninguna acción contra ellos, y se vuelve a negar a celebrar el juicio. Vuelta otra vez para casa.

Y por fin, a la tercera va la vencida. En esta ocasión aparecen los policías y el agente de seguridad y se celebra el juicio. En los primeros compases su señoría se cabrea por unas sonrisas que no llegaron casi a ser risas entre las personas del público a causa de un simpático lapsus de un testigo de la acusación quien confundió los verbos “encadenar” y “encañonar” para referirse a cómo estábamos los dos antimilitaristas que bloqueábamos las vías. A pesar de que si alguna risa se oyó, debió ser la del fiscal, su señoría decidió expulsar a una persona del público que sólo se había sonreído. Esta persona destacaba por su vestimenta un tanto “hippy”. Y ya con el dedo levantado, de paso echó también a las dos personas que compartían banco con él, y que no habían hecho absolutamente nada. Como cuando en el colegio el profesor expulsaba a todos los del mismo banco con intención “ejemplarizante”. Mientras salían aprovechó para darles una serie de increíbles consejos sobre la “buena educación” y el «respeto debido» a lo que yo entiendo como la absurda y anacrónica parafernalia judicial, que por lo visto para él debe ser lo más sacrosanto que pueda haber. A mí me pareció muy elocuente de cómo nos ve y de cómo se sitúa él ante personas como nosotr@s. También me pareció una enorme muestra de desconsideración, capricho, arbitrio e incluso -precisamente- de mala educación. ¿No hay hojas de reclamaciones en los juzgados?

En el transcurso de la vista ya teníamos claro como iba a quedar la cosa sólo con mirar al juez y verlo tomando notas de las argumentaciones del fiscal, mientras escuchaba (o quizá sólo oía) con cara de aburrimiento y sin anotar nada el excelente alegato de nuestro abogado defensor.

Al final no prosperó la acusación de “alteración del orden público”, que era insostenible, y a la que el fiscal había poco menos que renunciado en su argumentación, pero sí la de desobediencia leve que fue el clavo ardiendo al que se agarró el fiscal. Se agarró y no se quemó nada, ya que su señoría estimó todos sus argumentos y nos endilgó la pena máxima. 600 euros por barba. 2.400 en total para cuatro desobediencias.

Esta pena también me ha escandalizado y me ha abierto los ojos acerca de cómo funciona la ¿Justicia? Resulta que para que esa falta exista, se tiene que demostrar que la persona condenada ha desobedecido fehacientemente una orden expresa recibida de un “agente de la autoridad”. Tal hecho pudo haberse dado en las dos personas que estábamos bloqueando las vías, pero no en las dos que sostenían la pancarta. Esas dos personas, más nosotros dos, más dos de los testigos de la acusación (un policía y el vigilante) afirmaron en el juicio que habían obedecido a los agentes, quienes en la única órden de que habían sido objeto, les habían indicado que se sentaran en el suelo y permanecieran así hasta que les dijeran, cosa que hicieron. Sólo un testigo (de las siete personas que dimos fe de los hechos) nos contradijo diciendo que primero -y antes de decirles que se sentaran- les había ordenado “que se marcharan” (supuesta orden, por lo demás absurda, dadas las circunstancias) y que le habían desobedecido.

Bien, pues con ese único y relativo testimonio, en contradicción con todos los demás, el juez no tuvo dudas para condenar a estas dos personas, y lo hizo a la pena máxima.

Lástima de saliva que gasté en el alegato final de las personas acusadas, cuando ya un tanto desmotivado y con pocas esperanzas de llegar a su conciencia, le pedí que se diera cuenta de que trabajamos y arriesgamos por una sociedad mejor para tod@s, y en consideración a ello que nos juzgara atendiendo a la Justicia y a la Legitimidad y no a la inhumana “legalidad”.

Como dice el Evangelio “Si alguno no os recibe o no os escucha no perdáis más tiempo con él y al salir de su casa sacudíos el polvo de los pies para echárselo en cara”. Amén.

Cigala.

2 thoughts on “Un juez “ejemplar” (en el Juzgado Penal nº 2 de València)”
  1. Un juez “ejemplar” (en el Juzgado Penal nº 2 de València)
    Gracias cigalita.

  2. Un juez “ejemplar” (en el Juzgado Penal nº 2 de València)
    gracias tios! gran sitio el vuestro!

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