
Yo sí, a diferencia de la mayoría de los profesores de filosofía que la apoyan, doy Educación para la Ciudadanía: y no sé qué hacer. Que todos somos iguales y todos diferentes se agota pronto. Así que en mi afán por sobrevivir he decidido mandar un trabajo. El trabajo tienen que hacerlo en grupo y a su vez de forma individual, y esto no es una cuestión menor, y trata sobre un tema fascinante: cómo debería ser el instituto. Para ello -y en una serie de temas: materias que cursar, horario, si debe haber exámenes o no …- deben analizar tres cosas distintas: cómo es realmente el instituto, como les gustaría que fuera y, oh sorpresa, como debería ser de acuerdo a la realidad. Porque cómo debe ser algo de acuerdo a la realidad no es lo mismo que cómo me gustaría que fuera.
Algunos lectores -algunos de los pocos que tengo- se quejan de que en este blog se critica mucho y se propone poco. Puede ser cierto. Sin embargo, no conviene olvidar que la crítica implica un proyecto: al menos dejar claro qué no queremos y explicar el motivo. Y algo más: diferenciarnos en el motivo de nuestra negativa de otros que tal vez también estén en contra de eso. Pero, por otra causa.
Sin embargo, eso tampoco nos salva el tipo. Porque una vez señalado qué no queremos se nos podría exigir explicar qué queremos. Mas, otra vez, con cuidado. ¿Con cuidado de qué?
Comencemos con una diferencia importante. Para nosotros filosofía y política no son lo mismo. La política nos habla de trabajar desde la realidad, la filosofía de pensar sobre la realidad. Una política impracticable es un adorno, una filosofía con pretensiones prácticas inmediatas es una censura del pensamiento. Así, en esta serie de artículos titulados Un programa político de izquierdas, nosotros nos dedicaremos a la política práctica y en otros artículos a la filosofía -que es lo que además nos gusta y lo que consideramos, curiosamente, más importante-. Pero también es ingenuo creer en nítidas fronteras entre una cosa, la filosofía, y otra, la política. Y otra vez, cuidado. Cualquiera que lea este blog verá que su autor se autoproclama, eso es gratis, como marxista. Sería lo suyo, pues, que al presentar un programa político fuera anticapitalista y muy, pero que muy, revolucionario. Pero no, y de hecho por marxismo -bueno, por nuestro análisis de la realidad, nos da igual lo que dijera Marx aunque lo diré: qué listo era y qué gran filósofo-. Si se quiere hacer una política real no se puede presentar un programa, vamos a llamarlo, revolucionario. Y entre otras razones porque ahora no existen condiciones para intentar superar el sistema capitalista. Por eso, un programa político aplicable debe ser un programa con posibilidad actual: aquí nadie juega a pequeño Lenin -lo diré también: qué listo era y qué terriblemente totalitario-. Es muy fácil ir por la vida de anticapitalista soñador. Sin embargo, ese no puede ser el camino de una izquierda política. Porque para soñar hay que dormir y la derecha siempre está despierta.
¿Y cuál sería entonces el camino? Una izquierda política debe tener como característica fundamental no la ñoña utopía sino un programa posible de realizar en y con la situación actual. Pero tampoco solo eso sino que la realización de dicho programa implique, así de simple, mejoras sobre lo actual para la mayoría de la población. Y no solo del país concreto, sino también a nivel mundial. Es decir, un programa de izquierdas plantea su concepto más allá de su estado nacional e incluso, oh sorpresa, de su traje folklórico: porque eso es, también, la respuesta al problema de la globalización. Y la única posible en las circunstancias actuales. O sea, y para decirlo en plan claro: no se puede ser catalanista, o españolista, y de izquierdas.
Así, un programa político de izquierdas debe ser realizable, debe mejorar la vida de la población y no puede circunscribirse a lo estatal, menos aún a lo paleto, sino que debe contar con la humanidad como colectivo. Y por ello, no podrá ser moralmente relativista: un programa de izquierdas defenderá los derechos humanos como principios básicos de acción. Y como principio básico de su práctica.
¿Y los contenidos? Un programa político de izquierdas debe tener no ideas genéricas, sino directrices de actuación claras: no todo es izquierdas. Pero, al tiempo, debe ser general porque lo que aquí pretendemos no es un programa electoral sino un programa político: es decir una identidad mínima común de qué es, y qué debe ser, la izquierda política. Y así, en esta serie trataremos los temas fundamentales que creemos deben identificar un pensamiento político de izquierdas.
¿Pretencioso? Sin duda. Todo este blog, para qué engañarnos, lo es. Y todo el pensamiento lo es también porque exige más a la realidad. Esa es, precisamente, la diferencia entre derechas e izquierdas. La derecha alaba a la realidad, la izquierda la exige ser otra cosa. Nosotros vamos a exigirla.
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Si hay una consecuencia estructural de la crisis económica no es el agotamiento del Capitalismo, como cuenta la autoproclamada izquierda, sino su aprovechamiento por la oligarquía económica para un nuevo, y nefasto, proyecto europeo en su exclusivo interés. Este proyecto, como ya hemos analizado aquí (1 y 2), consiste fundamentalmente en la división de Europa en dos sectores: uno, con un alto nivel de vida, consumo y asistencia social -aquello que ha sido característico hasta ahora del bienestar europeo-; y otro, localizado básicamente en el sur y el este, precarizado y con una disminución sustancial de derechos sociales. Además de esto, y como fase previa y necesaria de este proyecto global, se produce una reducción extrema de la democracia política europea porque este proyecto dual se está realizando directamente desde Bruselas y a través de instancias alejadas de la soberanía popular y blindadas frente a ella. Por ello, de ser cierta nuestra hipótesis sobre el futuro de Europa, su efecto nos lleva necesariamente a la cuestión sobre el estado nacional y su importancia pues un proyecto supranacional se impondría sobre cada país dejando sin sentido la política nacional. Y, como consecuencia, surge la necesidad de realizar una propuesta sobre este tema desde un programa de izquierdas.
Nuestra tesis fundamental para solucionar este problema es sencilla: la única medida efectiva para evitar ese proyecto europeo de precarización y falta de democracia es tener como horizonte a medio plazo, y casi a corto, que Europa sea un único país, con un solo gobierno y un solo Estado. Por ello, nuestro desarrollo buscará ahora explicarlo.
El proyecto europeo actual es la precarización de una parte de Europa y el mantenimiento de otra con el nivel actual. A su vez -no nos cansamos de repetirlo porque para una idea que tenemos, que luzca- el capitalismo actual necesita para desarrollarse una sólida base de consumo pues no se basa ya en la explotación exclusiva del trabajo sino en la explotación de la vida humana como producción de beneficio incluyendo trabajo y consumo -si se desea ver como se argumenta esto se puede ver en los artículos sobre el análisis del Capitalismo -. Sin embargo, ahora, se podría pensar con coherencia que esta necesidad resultaría contradictoria con el proyecto de precarización, pues si se empobreciera una parte de Europa lógicamente se reduciría ese mismo consumo. Pero, este proyecto, también lo hemos señalado, es posible económicamente porque la parte de consumo perdida en Europa viene a ser sustituida con creces por la población con poder adquisitivo de los países emergentes -sin hacer falta superar el 20% de esa misma población-.
(Como se dice en otro artículo: La idea clave de todo esto radica en el volumen de la demanda y su sustitución. Los países emergentes, con China a la cabeza, suman una población tal que con que una décima parte de la misma adquiera capacidad de consumo, es decir: condiciones para una vida digna de subsistencia económica, pueden sustituir con creces a la parte occidental depauperada. Pero además, esta nueva sociedad consumidora sería una clase oligárquica en sus países, frente a la clase popular occidental, y consciente de sus privilegios que apoyaría, sin dudarlo, a la propia oligarquía occidental. Es decir, la demanda no bajaría, incluso aumentaría, y además la homogeneidad de los intereses sociales de los demandantes aumentaría. Y es ahí donde aparece el neoliberalismo).
Así, el proyecto es económicamente viable y beneficioso para la oligarquía social porque una parte de sus beneficios -derivados del consumo- los mantiene y otra -el coste en la producción y por tanto el beneficio de su explotación en Europa- los aumenta: la oligarquía gana.
Pero, si bien resulta beneficioso para la oligarquía económica, ¿cómo será posible políticamente? La respuesta es que el proyecto está planificado para escapar al control democrático de los votos. Efectivamente, la oligarquía política nacional europea -es decir: de un país concreto- tiene manos libres para exigir sacrificios y precarización a las poblaciones de otros países porque ese voto nacional no cuenta para seguir siendo oligarquía y además así satisface a la oligarquía económica. Para poner un ejemplo, Merkel puede precarizar el sur de Europa porque su privilegio social proviene de Alemania y no de ese mismo sur donde nadie la vota. Así, la alianza entre oligarquía económica y política se facilita por la fragmentación nacional y el proyecto de precarización europeo puede ser llevado a cabo sin perjuicio para una y otra. Y las dos contentas.
Resumamos por tanto. Hay un proyecto de la oligarquía económica europea, no una necesidad del Capitalismo, para precarizar socialmente a una parte de la población de Europa. Este proyecto busca un beneficio económico para esa misma oligarquía y es posible, política y socialmente, por la fragmentación nacional de Europa.
Y aquí viene la propuesta de una verdadera izquierda. El proyecto de precarización en Europa se basa, ya lo hemos visto, en dos pilares. El primero es que la población precarizada, que permitirá mayores beneficios de rapiña a la oligarquía económica en la producción, podrá ser sustituida en el consumo por los países emergentes. El segundo, es que la población de estos países europeos precarizados está limitada en su propia defensa frente al proyecto global por su constitución como estados nacionales. Y esta fragmentación nacional es la clave de todo.
Imaginemos ahora que Europa fuera un solo estado. Y cuando decimos esto no lo hacemos en sentido figurado sino muy concreto: un único estado como hoy lo es Francia, por ejemplo. Y al ser un único estado sería un único mercado, primera clave, y, aquí está la segunda clave, un único cuerpo electoral. Y esto implicaría la inmediata suspensión del proyecto de precarización o, cuando menos, su máxima dificultad ¿Por qué?
Primero, analicemos el único cuerpo electoral. Esto implica, pues se trata de un solo estado, un único gobierno y parlamento nacional que depende del voto de cualquier ciudadano europeo. Así las cosas, esa oligarquía política estaría unida a toda Europa y no solo a su interés parcial actual: Merkel ya no depende solo del voto alemán. Y además ese gobierno respondería electoralmente ante todos los ciudadanos europeos. Con esto, primero, ya se elimina el déficit democrático actual en la toma de decisiones, pues la Bruselas no representativa sería ahora un gobierno europeo elegido en elecciones libres: primera consecuencia progresista.
Pero, habría una segunda consecuencia progresista relacionada con esta. Al estar el gobierno y el parlamento europeo -nota: hablamos de un parlamento real no la actual payasada- elegidos por sufragio universal de todos los ciudadanos del continente, los intereses de la oligarquía política y los de la económica no se identificarían con tanta precisión. Efectivamente, en la actualidad esta identidad es posible porque a la hora de precarizar los políticos nacionales afirman obrar de acuerdo al principio de obediencia debida a Bruselas y no se sienten, no se presentan, ante el electorado como responsables. Sin embargo, Europa como un único estado implicaría un único cuerpo electoral que responsabilizaría directamente a sus políticos y a su, único, gobierno nacional de las medidas tomadas. Y esto provocaría una inmediata ruptura de intereses entre la oligarquía económica, interesada siempre en su rapiña, y la política, relacionada ahora con un cuerpo electoral único y con un interés ya no coincidente porque se juega su cuota de poder. La identificación entre oligarquía económica y política se ha roto.
Pero incluso económicamente, y vamos a esto, que Europa fuera un solo país beneficiaría a la población por la formación de un único mercado de consumo y un único mercado laboral.
Efectivamente, ahora Europa es un único mercado de circulación de mercancías pero no de consumo por su estructura nacional. Esto implica que se pueda minimizar la presencia del consumo en una o varias unidades, un país o países, si en la balanza global se les sustituye por otros -los países emergentes-. Sin embargo, de ser una única unidad no cabría dicha precarización como objetivo: la precarización regional programada en la capacidad adquisitiva no es posible. Así, la no fragmentación política del mercado de consumo -y nada más que un lugar específico de mercado es una nación para quienes somos realmente de izquierdas- impide su fragmentación económica como proyecto. Porque ahora la unidad de consumo resultaría indivisible y por ello rentable su mantenimiento: la oligarquía puede prescindir de 100 o 200 millones, pero no de 500 -la población total de la Unión Europea- de golpe.
Y lo mismo ocurre con el mercado laboral. Un único mercado laboral europeo implica una inmediata mejora presente de toda la Europa ya precarizada y de futura precarización. Esto sería causado por dos motivos: el primero, porque el marco legislativo europeo tendría que cubrir tanto a un holandés como a un español; el segundo, porque la unidad de consumo europea -Europa como un solo país- no produciría beneficio con su precarización pues la pérdida global de poder adquisitivo tendría como primera consecuencia la bajada del consumo en ese mercado de 500 millones.
De esta forma, Europa como país es una solución progresista que impediría la precarización programada en el continente. Pero además, no solo lo sería para su propia población sino para la política internacional al convertirse en una potencia mundial en la diplomacia exterior. Pero, esto ya lo desarrollaremos en otro escrito.
Sin embargo, ya lo sé, todo esto no se hará. Y no se luchará no por su posibilidad, esto no es una utopía, sino por lo que perdería la propia oligarquía política de izquierdas.
Efectivamente, parece claro por qué no interesa a la oligarquía financiera que perdería parte de su capacidad de rapiña. Pero, sorpresa, tampoco interesaría a las organizaciones de izquierda por su pertenencia a la oligarquía política. Efectivamente, el creciente auge del nacionalismo entre organizaciones de izquierdas no solo hay que entenderlo desde el espíritu paleto, que también, sino desde el interés corporativo. Las organizaciones de izquierda y sus profesionales defienden el nacionalismo porque la fragmentación multiplica el mercado laboral de los políticos. No se trata, por supuesto, de que cada político sea malvado y piense así, pues lejos de eso la mayoría de los políticos son honrados y creen en lo que dicen -lo cual resulta sorprendente y habla de su capacidad intelectual-. Se trata de que las organizaciones se estructuran y objetivan de acuerdo a reglas propias y no a la suma de voluntades de sus miembros. Y como tales organizaciones, las políticas viven de la fragmentación de su mercado. O sea, dándole un nombre noble a esa política laboral, la Europa de los pueblos -y si es posible de las aldeas y villorrios-. Así, a la oligarquía política europea le interesa también esa fragmentación.
En 1863 en su discurso de Gettysburg -no nos cansamos de decirlo: el mejor discurso de la historia- Lincoln comprendió algo: el futuro de la Unión como un solo país formaba parte también del futuro de un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo: la democracia. En 2012, quizás alguien comprenda que la formación de Europa como país es la única salvación de ese mismo gobierno.
Fuente: http://epmesa.blogspot.com.es/
Un programa de izquierdas: Europa como país
Enlace: Europa como país, ¿una utopia?