Hay problemas penitenciarios viejos en el tiempo y que parecen no calar en nosotros. Solo pretendemos con este relato que vuestra mirada se detenga.

El cuento de hoy «La Casa de los Locos» es la historia de un pintor que, siguiendo un encargo y pincel en mano, colocó sobre el lienzo un imaginario de personajes dementes, exagerados, olvidadizos, desencajados, perdidos, aniquilados, indefensos. Solo una única condición se le impuso, todo lo reflejado en el cuadro debía ser ficción.
Las figuras moraban en la misma casa, y se les podía ver con las miradas perdidas y a la deriva paseando desconfiados. Desconocedores de haber sido tachados de peligrosos, otros personajes no menos curiosos los mantenían en los límites de sus estancias. Nada justificaba que habitasen la casa. Simplemente eran enfermos y su enfermedad les impedía discernir el bien del mal, el aquí y el ahora y otras muchas cuestiones importantes.

El pintor, guiado por una creatividad más y más exacerbada, fue esbozando nuevas formas, haciendo del lienzo un bodegón de monstruos con miembros superpuestos que se apiñan, empujan, agreden; cada vez más anulados, cada vez menos humanos, cada vez más irreales. Los cuidadores se contentaban con mantener las puertas cerradas.

Su obra cambiaba cuando el artista se dedicaba al descanso. Se hizo tan grotesca la pintura que la casa de los locos, que era como él la llamaba, ocupaba sus sueños y vigilias. Quiso el pintor borrar todo aquello, pero a su mecenas no le preocupaba lo más mínimo que todo aquel imaginario no recuperase su cordura. En modo alguno escuchó al pintor y menos le permitió destruir su dantesca obra.
Sus contemporáneos tildaron al artista de mero plagiador. El pintor fue juzgado por un grupo de hombres buenos y éstas fueron sus conclusiones.

Poco tiempo necesitaron para estar todos de acuerdo en que la casa de los locos era el reflejo de la realidad de un psiquiátrico penitenciario.

– Los enfermos del lienzo es una imagen particular de todos los que han cometido un delito sin conciencia ni voluntad y están recluidos en esos centros -dijeron.

– No se puede expresar de manera más plástica la sinrazón de ese confinamiento. No tienen que estar en los psiquiátricos porque son inimputables y deben cumplir las medidas de seguridad en los centros sanitarios especiales -alguno de ellos añadió.

Nadie discutió que los cuidadores de la pintura tenían una identidad con los funcionarios de los psiquiátricos penitenciarios, hoy y en ese entorno no curan, son elegidos mayoritariamente para custodiar las puertas.

Los diálogos más animados se iniciaron para explicar el plagio de la imagen del aumento indiscriminado de personajes en el lienzo. Unos se decantaron por la masificación, el hacinamiento; otros vieron en ella la falta de atenciones médicas psiquiátricas adecuadas a sus necesidades de salud mental.

Quedaron todos convencidos de que el hecho de que las figuras se agredan, se transformen solas no puede ocultar la realidad que tiene detrás, los efectos perniciosos que producen los psiquiátricos penitenciarios en las personas que cumplen medida de seguridad en ellos.

El intento de destruir el lienzo se corresponde con las tímidas acciones contrarias al mantenimiento de los psiquiátricos penitenciarios.

– Qué vergüenza -gritaban los más enardecidos- mostrar a la administración penitenciaria y sanitaria, a nuestras instituciones, a la sociedad civil y a los medios de comunicación en ese papel arrogante del Mecenas.

Nada había de novedoso en su obra, nadie pudo defenderle de su condición de plagiador. Poco se supo de los avatares del pintor en los años siguientes, cuentan que acabó confundido y deambula por los pasillos del hospital psiquiátrico de Foncalent.