
Esperando al Mahatma es una novela del dicen que famoso escritor hindú R.K. Narayan (1905-2001), ambientada en la década anterior a la independencia de la India y Pakistán respecto al dominio británico (años treinta y cuarenta).
Según la contraportada de la edición castellana (El Aleph, Barcelona, 2003; traducción de Silvia Komet): El joven Sriram se enamora a primera vista de una de las seguidoras del Mahatma Gandhi, que ha llegado a la ciudad para hablar a favor de la independencia de la India. Bharati es devota, inteligente, ágil de espíritu; y para estar con ella Sriram, un pretendiente tan inexperto como bienintencionado, no dudará en renunciar a su plácida existencia de joven adinerado. La sencillez, la compasión y el humor tierno de Esperando al Mahatma calan hondo en el lector desde la primera página.
La novela sigue las peripecias de Sriram, un joven de familia acomodada y carácter solitario, que apenas ha salido de casa en sus veinte años de edad. Un enamoramiento súbito le arrastra a convertirse en militante de la organización de Gandhi, con tanto entusiasmo como atolondramiento inicial. Por este atolondramiento, pasa a colaborar con los grupos que practican el sabotaje violento, y después tiene que pasar una dura temporada en prisión. Al firmarse la independencia de la India, queda libre, y puede conocer los últimos esfuerzos de Gandhi por combatir el odio entre las comunidades hindú y musulmana, así como reorientar su vida dentro del movimiento noviolento. La novela concluye en el mismo momento del asesinato de Gandhi.
El libro es muy ameno y está escrito con claridad, de manera que facilita el acercamiento a esos hechos. Es verdad que muchos términos y circunstancias se dan por conocidos –no hay notas a pie de página-; el lector que los desconozca estará en la misma situación del protagonista, que tiene que ir haciéndose idea de las cosas sobre la marcha. Nada se le dirá de lo que significa satyagraha, o de por qué Gandhi daba tanta importancia a que sus seguidores se confeccionasen su propia ropa y no usasen telas importadas, o de la simpatia nazi (es decir, antibritánica) de algunos nacionalistas. Pero esa es la única –y mínima- dificultad del libro, y a poco que al lector le pique la curiosidad, le será fácil paliar la comezón con alguna enciclopedia o el google. En el caso de los términos de la jerga de los seguidores de Gandhi, no será difícil inferir el significado del contexto.
Seguramente sea una novela útil para estudiantes de educación secundaria –aunque, si han estudiado Educación para la Ciudadanía, quizás Gandhi les parezca poco demócrata. Como en todo lo que tiene que ver con Gandhi, el activista de movimientos sociales occidental encontrará motivos para la reflexión: sobre todo el énfasis en la disciplina y en la jerarquía del movimiento, o la apología de la castidad, cosas todas ellas bastante ajenas a la cultura de las sectas antisistema.
Trascribo a continuación un fragmento que puede dar idea del estilo del libro (Crates):
Sriram la observó bajar la colina. “Algún día alguien la raptará. Parece no darse cuenta de que es una mujer”, pensó mientras entraba. Se quedó cavilando con tristeza en medio de las ruinas de un antiguo templo en las que tenía su morada. A lo lejos un tres se detuvo y siguió viaje, las suaves luces de los servicios de Protección Civil avanzaban lentamente por el paisaje. Esperaba que la chica llegase sana y salva a su aldea, sin ningún percance.
Tres días más tarde, ella reapareció trayendo instrucciones y, a partir de aquel momento, las actividades de Sriram tomaron un nuevo giro. Bharati se presentó con un bote de pintura y una brocha y se los dio con el gesto de un jefe de artillería que reparte armas.
-Te han asignado todas las plantaciones de abajo. O sea que tendrás que caminar mucho. No te dejes ni uno de los doce pueblos que hay por el camino. Los campesinos te ayudarán en todas partes. Nosotros estaremos trabajando en Malgudi y alrededores. Ten cuidado, ya nos veremos. Con el Mahatmaji preso, tenemos que continuar el trabajo a nuestro modo. Hemos de difundir su mensaje por todas partes.
El Mahatma, en su famosa resolución de agosto de 1942, había dicho: “Britain must be quit India”, una frase que tuvo la potencia de un mantra o de una fórmula mágica. La gente gritaba QUIT INDIA (¡Fuera de la India!) por todo el país. El ministro de Interior empezó a inquietarse al oírla. Se convirtió en una frase prohibida para la sociedad elegante. Al Mahatma, después de pronunciarla, lo metieron en la cárcel; pero la frase no sólo cobro vida y prosperó, sino que al final desencadenó una fuerza capaz de expulsar a los británicos. No había una sola pared vacía en todo el país que no llevara el mensaje: QUIT INDIA. Por dondequiera que uno pasara, podía ver: QUIT INDIA.
Al día siguiente, Sriram subió por un sendero de la montaña con un bolso que le colgaba del hombro, en el que llevaba el bote, la brocha y un trapo. Se detuvo en el primer pueblo del camino, eligió la pared más apropiada, que casualmente era la tapia de una casa nueva en cuyo pyol los niños aprendían sus primeras letras. Mientras todas las bocas recitaban a coro el abecedario, adormilando de paso al maestro, los ojos seguían a los carros tirados por bueyes que traqueteaban en caravana por la calle, a los autobuses que pasaban deprisa y desaparecían tras la nube de polvo que levantaban y a la gente que iba y venía. Era un día brillante y el resplandor que iluminaba el verde de los árboles, las ramas y las enredaderas del seto era una tentación: los ojos y las mentes de los niños vagaban. De modo que cuando Sriram apareció para escribir en la pared, se escabulleron de la clase con una sensación de profundo alivio. Los adultos de la aldea también suspendieron sus ocupaciones habituales y se quedaron de pie a su alrededor mirando.
Sriram mojó la brocha con pintura y escribió cuidadosamente en la pared: QUIT INDIA. Le habría gustado no tener que escribir la “Q”, porque gastaba mucha pintura. Era una lástima derrochar la poca que había con una sola letra. Se pregunto si, en aras del ahorro, no podría eliminar la cola de la “Q”. Estaban embarcados en una guerra con una nación de primer orden, con una potencia bélica como Inglaterra, y todo el armamento que poseían era aquella brocha, pintura negra y paredes vacías. No podían permitirse despilfarrar todos sus recursos militares escribiendo sólo una letra. Llegó incluso a considerar la posibilidad de que los ingleses hubieran importado la “Q” para agotar las reservas de pintura negra. Se obsesionó tanto con la idea, que empezó a escribir la letra tratando de gastar lo mínimo posible en la cola, de modo que si uno no estudiaba la pintada muy de cerca, parecía una O.
-¿Cuánto tiempo ha de estar esto en nuestra pared, señor? – le preguntaron los aldeanos.
-Hasta que haga efecto.
-¿Y qué dice?
-Aquí dice “Fuera”. Significa que los ingleses tienen que irse de nuestro país.
-Y si se van, señor, ¿qué pasará? ¿Quién va a gobernar?
-Nos gobernaremos nosotros mismos.
-¿El Mahatmaji será nuestro emperador?
-¿Por qué no? –respondió mientras terminaba de dibujar las letras de espalda a ellos. Luego enseño a los niños a corear “Fuera de la India”, y estos obedecieron alegremente.
-¿Qué está haciendo, señor? ¡Los está echando a perder!
-¿Cómo?
-Enseñándoles a ser rebeldes. Pronto lo buscará la policía. ¿Quiere terminar en la cárcel?
-Sí, ¿por qué no?, ahí dentro hay encerradas personas mucho más importantes que usted.
La gente se rió del maestro. Los niños estaban siempre dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad para burlarse de él. Pero el hombre era más duro de lo que parecía. Se puso las gafas y miró a Sriram de arriba abajo.
-¡Ay, el maestro se ha puesto las gafas, ay, ay! –se reían los niños y gritaban-: ¡Fuera de la India!
El profesor se abrió paso entre la gente y gritó:
-Si es posible, añada una ‘e’ antes de la ‘t’, lo que necesitamos en este país es que haya paz, no que lo abandonen. (Juego de palabras entre ‘quit’ y ‘quiet’ –‘calmar’-, de modo que la frase sería ‘Quiet India’ –‘Paz en la India’-). ¿Por qué no lo escribe?
Sriram terminó la pintada. Como había pedido que le prestaran una escalera, se volvió y le dijo al maestro:
-Por favor, maestro, haga algo más útil que estar ahí hablando. Ocúpese de que esta escalera sea devuelta a su dueño, me olvidé el nombre, y habrá puesto entonces un granito de arena para la liberación de nuestro pueblo.
El hombre se ablandó un poco y acercándose dijo:
-No es que no quiera ver a nuestro país liberado. Soy tan patriota como usted. Pero, honestamente, ¿cree que estamos preparados para gobernarnos? No, no lo estamos. No se engañe. Todavía no estamos preparados para hacer nada. Deje que se acabe esta guerra y yo seré el primero en luchar por el Swaraj. El patriotismo no es monopolio suyo.
Los niños coreaban consignas a su alrededor.
-Tenga cuidado –dijo Sriram-, cuando los ingleses se vayan de la India, la gente le cortará la cabeza- Tenemos una lista de todos aquellos que van a ser decapitados.
El maestro perdió los estribos.
-¡Cómo se atreve a decir eso! No quisiera ver a los británicos irse. Yo no soy uno de esos que piensan que todo va a ser mejor cuando venga Hitler, quizá con la ayuda de gente de su calaña. Deje que le diga que usted va a ser uno de los primeros fusilados.
Algunos coincidieron con este punto de vista.
-El maestro tiene razón, ¿para qué tenemos que hacer enfadar al sircar?
Sriram se volvió hacia ellos y dijo furioso:
-No sólo tenéis que molestar al gobierno, sino que ni siquiera tenéis que reconocerlo. No debéis pagar ningún impuesto. Está a quince mil kilómetros de distancia, ¿por qué le hemos de dar nuestros impuestos?
-A los sujetos como éste no se les debería permitir que anduviesen por donde quisieran; por eso siempre pedí que pusieran un puesto policial en el pueblo. Si tuviéramos un policía, ¿se habría atrevido a venir y a sermonearnos así?
-¿A qué distancia está el puesto de policía? –preguntó Sriram.
-A más de diez leguas-respondió uno.
-¿Habéis visto? –añadió Sriram-. ¡Vuestro sircar ni os ha puesto una comisaria! Claro, ¿para qué, si hay una persona como este maestro?
Los niños lanzaron un grito de aprobación y empezaron a cantar: “¡Fuera de la India!”. La reunión se había convertido en algo vocinglero y alegre. Los gritos y el alboroto general asustaron a un par de bueyes que tiraban de una carga de heno. Los animales bajaron la cabeza y metieron el carretón en una zanja, lo que produjo un desbarajuste general. La gente corría de un lado a otro, dándose órdenes todos a la vez. El cochero maldecía a los bueyes y a la gente, mientras empujaba a los animales para que volvieran al camino.
-Esos políticos, la gente de Gandhi, no dejan a nadie tranquilo. ¿Por qué ha venido a fastidiarnos?
-Eh, pare el carretón y escuche –dijo Sriram-. No hable como una criatura. Ya es bastante mayorcito como para saber lo que dice, ¿no? ¿Qué edad tiene?
El cochero tiró de las riendas y dijo por encima del tintineo del cencerro de los animales:
-Creo que veinte.
-¡Veinte! Más bien tendrá cincuenta.
-Puede ser, señor, algo así. Solía tener veinte.
-¿Cuántos hijos tiene?
-Cinco hijos, señor, y un nieto.
-Amigo mío, tiene cincuenta años y los aparenta. No hable por hablar. ¿Sabe que el Mahatma Gandhi está preso?
-Sí, señor.
-¿Y sabe por qué está allí? –El hombre meneó la cabeza. –Para que usted pueda ser un hombre libre. Ahora, en este país, usted no es un hombre libre.
El radio de acción de Sriram se hallaba en los pueblos diseminados por la montaña, conectados entre sí por unos caminos formados más o menos espontáneamente, que serpenteaban por los bosques y la espesa vegetación del monte. El contacto con el mundo exterior se limitaba al cartero, que pasaba una o dos veces por semana…