Publicamos este artículo enviado por nuestro amigo Ramón Carratalá en el que reflexiona, entre otras cosas, sobre el golpe de estado del 23-F y el papel que el Rey jugó en él. Este artículo fue escrito ya hace un tiempo aunque está inédito. Ahora ha sido revisado por el autor. Esperamos que les guste. Nota de Tortuga.


« UNA TONTERIA SIN IMPORTANCIA (?) » 2ª Edición

Ramón Carratalá Sevila – Invierno 2008

Soy de los que todavía recuerdan una novela-ensayo de anticipación firmada por George Orwell y titulada «1984» (que fue escrita en 1949, contra todas las formas de dictadura, y que yo leí a principios de los 70), en donde se narraba cómo en un futuro hipotético se reescribía la historia (de una forma pasmosamente parecida a como se hace ahora), y todas las personas eran permanentemente vigiladas por cámaras, y se hablaba de un «Gran Hermano»…

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En otoño del 2004 escribí el artículo «Una tontería sin importancia (?)» para alertar sobre cierta mitificación que llevaba años generándose en torno a los sucesos del 23-F.

El eco que ha obtenido desde entonces ha sido muy modesto, pero mucho mayor del que esperaba (sobre todo porque algunas personas me manifestaron el que les resultaba chocante mi inquietud por un tema que entonces les parecía intrascendente). Y me he sorprendido al descubrir que ha llegado a ser incluido, como recurso, dentro de algunos temarios académicos.

Sin embargo, con el trascurso del tiempo, el cuestionamiento sobre el papel del Rey y de la institución de la Corona, mayoritariamente desde planteamientos más viscerales y partidistas que argumentativos, se ha puesto de moda y ha alcanzado un lugar preferente en los medios de comunicación. Lo que ha generado, en respuesta, un reflujo de desagravios y homenajes («prietas las filas» que se decía antes); y de elogios cada vez mayores, y más irracionales e infantiles. Aumentando la mitificación (cuyo elemento capital justificador es una supuesta gesta del Rey el 23-F); y convirtiendo un tema serio, en inofensiva carnaza para mayor beneficio de los programas de telebasura.
Soy tan sólo un modesto observador de a pie, sin ninguna información privilegiada. Que tan sólo dispone de una mirada atenta y de buena memoria. Y que, como casi todos, no tiene ni puñetera idea de lo que verdaderamente ocurrió en «la trastienda» de las altas esferas. Pero de lo que estoy seguro, es de que algunas cosas no pasaron entonces tal y como se cuentan ahora. E igualmente soy consciente, de algunas otras que sí pasaron después…

Aquí tenéis otra vez aquel artículo original. Pero en esta ocasión le he añadido a continuación unas notas nuevas.

En ellas me limito a recopilar, con el máximo cuidado, una breve síntesis ordenada de informaciones que han quedado relegadas a un discreto segundo plano, a pesar de que todas ellas han sido reiteradamente publicadas en libros, radio, prensa, o televisión.

Las he escogido, entre otras muchas, por ser algunas de las que más llamativas me parecieron en su momento. O por ser algunas de las más discordantes con la versión simplista y heroica que se ha querido popularizar del 23-F. O por parecerme que pueden servir de adecuado complemento al artículo.

Y para que mi memoria no me traicionase (porque a veces el reiterado bombardeo puede hacer dudar hasta al más pintado), me he preocupado de contrastar y verificar todos mis recuerdos por las más diversas fuentes (grabaciones de esos días en audio o vídeo; prensa de la época; entrevistas posteriores a los propios protagonistas; documentales; y varios libros de memorias escritos desde 1981 hasta el presente).

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UNA TONTERIA SIN IMPORTANCIA (?)

Ramón Carratalá – Otoño 2004

Repetir mil veces una mentira no la convierte en verdad; pero termina haciéndola creíble para las personas desinformadas, poco críticas, o fácilmente sugestionables. Esa ha sido la estrategia y la práctica más habitual de los métodos de propaganda y demagogia; y se ha revelado muy eficaz para manipular la opinión, y «reescribir la historia» hasta extremos inconcebibles, a veces con un descaro insultante.

Resulta ya cansino, para quiénes vivimos, como ciudadanos de a pie interesados por la política y con un mínimo de interés y juicio, los acontecimientos de la intentona de golpe de estado del 23 de Febrero de 1981, el tener que escuchar una y otra vez las loas al rey Juan Carlos en el sentido de que «echándole un par de huevos, paró el golpe de estado y salvó la democracia» (parece que él solito), cuando la realidad –al menos lo que pudo conocerse por la opinión pública– es que tuvo en ello un papel muy secundario.

Todo empezó con pequeños olvidos, piadosas consideraciones, y alguna exageración sin importancia. Pero la cosa va adquiriendo tintes y proporciones de farsa impresentable.

Cuando el Rey se pronunció públicamente (a última hora de la noche, después de guardar silencio durante una tarde de infarto), el golpe ya no tenía viso ninguno de tener éxito, y ya se habían posicionado claramente todo tipo de personajes públicos del mundo de la política y de la vida social; además de que el estamento militar se mantenía mayoritariamente en un prudente y expectante «silencio de sables», salvo en la ciudad de Valencia. Tan sólo rechinó en las horas fatídicas la voz del embajador estadounidense que, al ser recabado para que condenara la intentona, eludió el realizar ni siquiera una blanda condena de cortesía, y afirmó secamente (y estará en los archivos sonoros de la radio) que la situación era una mera «cuestión interna» de nuestro país en la que el suyo no podía injerirse (como si no fuesen expertos en intervenir, de manera continua y permanente a su capricho, en todos los asuntos que les place en cualquier país).

Fue mucho más importante y decisivo que el papel del Rey, el de las cadenas de radio y de periodistas como Jose Mª García (que entonces tenía millones de fidelísimos seguidores por sus ácidos programas deportivos, y que puso tanto coraje durante horas que terminó afónico), y Fernando Onega o José Oneto entre otros, que verdaderamente se posicionaron frontalmente y se la jugaron desde el primer minuto (mientras que casi todos los españoles permanecían en sus casas pegados al transistor –incluso con varios encendidos a la vez–); o el impacto de poder ver las imágenes en televisión del general Gutiérrez Mellado, el presidente Suárez y Santiago Carrillo… Mucho más impactante, que un discurso obvio cuando ya muchos nos íbamos a la cama cansados de una situación esperpéntica que estaba en punto muerto y que no tenía perspectivas de ir a ninguna parte.

Tan poco decisiva y decisoria fue su intervención, que en las fechas posteriores –y durante bastante tiempo– corrieron rumores sobre que incluso pudiera haber estado implicado, y ello creó problemas e incertidumbres de cara a la posibilidad de que fuese inevitable el que tuviese que ser llamado a declarar en el juicio por los hechos (cosa que deseaban impedir a toda costa los poderes públicos por motivos perfectamente comprensibles). Y parece bastante probable que no sólo él, sino bastantes otras personas de relevancia –incluso entre la izquierda– podían tener al menos cierta información de lo que se estaba fraguando; pero o no se lo tomaron suficientemente en serio, o no se atrevieron a actuar como deberían, o prefirieron mirar para otro lado y quedar a la expectativa.

Existe la leyenda bastante aceptada por medios bien informados (y poco sospechosos de anti-juancarlismo), y nunca desmentida por nadie, de que el Rey, antes de su intervención televisiva, tuvo una conversación telefónica al respecto con su padre (el legítimo aspirante a la corona de España postergado por Franco en favor del actual rey) para pedirle consejo… Y que D. Juan le hizo la reflexión de que si apoyaba el golpe, y éste triunfaba, los golpistas tendrían contados sus días en una España que ya no era la de antaño, y que él acabaría exiliado del país más tarde o más temprano; pero que si se la jugaba contra los golpistas, y estos fracasaban, tendría el camino muy allanado para la consolidación definitiva de la monarquía; y que, por tanto, tenía poco que perder y mucho por ganar, si se sumaba a los antigolpistas.

El golpe fracasó antes de empezar; seguramente porque resultaba demasiado ridículo en sí mismo en su retransmisión en directo (y casi cada segundo fue posible verlo en directo y diferido por televisión; e incluso hubo clandestinas intervenciones en directo en la radio, vía telefónica, por parte de algunos diputados)… Ni siquiera las personas mayores que se consideraban franquistas de corazón por ser hijos del «régimen», y que ya se habían resignado al «cambio con orden» de la «Reforma» de Suárez y Torcuato Fernández Miranda, podían encontrar nada «glorioso» en la toma del Congreso por un guardia civil «chusquero», y en el posterior zarandeo de un venerable general español de primer orden que ya había dado muestras inequívocas de valor, lealtad, y convicciones católicas profundas (y que volvió darlas enfrentándose él sólo, lleno de sentido y dignidad militar, a unos matones nerviosos; y mostrándonos un cuerpo lastimoso y desarmado henchido de indignación). Y fracasó porque los periodistas al frente de las radios y la televisión (el cuarto poder) cumplieron un papel demoledor. Pero en cualquier caso, seguramente hubiera fracasado tarde o temprano por puro anacronismo, como parece pensaba el conde de Barcelona: la mayoría de las gentes desde todas las ideologías políticas –excepto los cuatro irracionales de siempre de derecha e izquierda– se limitaron a «contemplar aquello»; porque no se puede decir que el pueblo se lanzase valientemente a las calles a defender la democracia (nada más lejos de una realidad en que la aplastante mayoría aguardó expectante y pasivamente en sus casas hasta asegurarse de que había terminado todo, mientras que otros se escondían como ratas –a veces no sin motivo–, y algunos destruían irreflexivamente todo tipo de documentos), pero tampoco se puede decir que la gente se creyese –ni por un instante– que era posible hacer que las cosas retrocediesen en el tiempo de esa manera; pues más allá del desconcierto y el temor, el sentido común nos decía que de una forma u otra, y para bien o para mal (según la óptica de cada cual), había cosas que ya no tenían vuelta atrás.

Por otra parte, lo cierto es que el golpe «triunfó» en alguna medida (aunque no para sus protagonistas de primera línea), porque sirvió de coartada y justificación para cerrar discretamente la «transición» de una forma bastante más descafeinada de lo que los medianamente idealistas habrían esperado (salvo en la libertad de expresión, en el terreno sustancial de todos los demás derechos fundamentales, y en las actitudes del poder, cabría valorar que incluso se retrocedió con respecto a la situación del final de los años 70 y principio de los 80; y haciendo, además, buena parte del «trabajo sucio» un gobierno que se autocalificaba de socialista).

Y años después, el relato de la «machada» de D. Juan Carlos va adquiriendo cada vez tintes más míticos, y formulaciones progresivamente más vagas y poco creíbles a la luz de un análisis mínimamente razonado; para hacernos creer que tenemos una deuda impagable con ese señor que salvó para nosotros la libertad, e hizo posible todo lo bueno de nuestra actual forma de vida. Y cada vez se va pareciendo más a un cuento para niños (o se convierte al cabo de 23 años en unos comentarios poco verosímiles en el guión de una serie televisiva amable como «Los 80» en la cadena Tele5).

Las tonterías nunca dejarán de ser meras tonterías; pero lo malo, es que el tema es demasiado serio como para seguir indiferentes a una bola que muy lentamente no para de crecer, y que puede acabar apareciendo algún día como una verdad emocionante y significativa para quiénes no pueden tener nuestra memoria (como ya ha pasado entre ciertos círculos juveniles marginales con temas como la cuestión nazi –a fuerza de un exceso de maniqueísmo, y de un déficit de auténtica y radical beligerancia–, y a pesar de no estar las posiciones filonazis bendecidas como «políticamente correctas»). Puede ser ya hora de empezar a puntualizar a aquellos que por diversos motivos colaboran a hacernos olvidar nuestra historia, incluso cuando tiene más de patética que de gloriosa.

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NOTAS POSTERIORES A LA PUBLICACION DEL ARTICULO SOBRE ALGUNOS HECHOS QUE PUEDEN SER DE INTERES PARA EL LECTOR

– La entrada en el Congreso se produjo a las 18:20 de la tarde del 23 de Febrero de 1981 aproximadamente.
– No cabe duda de que las autoridades estadounidenses estaban informadas del golpe y lo apoyaban en cierta manera…

Actualmente se sabe que, tanto la embajada norteamericana, como todas sus bases militares en suelo español, se hallaban desde primera hora del día 23 (muchas horas antes de la entrada al Congreso y del bando de Milàns del Bosch) en alerta máxima (lo que ha sido confirmado por gran número de personas que se encontraban en ellas en aquella fecha; y nunca desmentido por la administración estadounidense).

Además, jamás condenaron el golpe de estado; sino que se limitaron a declinar el hacer declaraciones oficiales al respecto, catalogando el golpe de «asuntos internos» en los que no pretendían injerirse.
– Representantes políticos de alto nivel (fundamentalmente del PSOE) tuvieron una reunión secreta en Cataluña, previa al golpe, con elementos que representaban a la trama golpista…
Entre los asistentes, estuvieron Gregorio Peces Barba, Jordi Solé Tura, Javier Solana (nombrado posteriormente como Secretario General de la O.T.A.N. y actualmente el máximo representante internacional de la Unión Europea) y Enrique Múgica (el hombre del Comité Ejecutivo del PSOE que se encargó de las relaciones con los militares hasta el acceso de Narcís Serra al Ministerio).
– Se tiene constancia de que importantes elementos del CESID (servicios de la inteligencia española) estaban al tanto de los planes golpistas; y que algunos –del más alto rango– colaboraron activamente para facilitarlos.
– En fechas previas al golpe se neutralizó políticamente a Adolfo Suárez, que obstaculizaba la evolución política que se pretendía (taponaba al PSOE el acceso al poder por su prestigio y carisma; se oponía al ingreso en la OTAN; discrepaba en cuanto a ciertas políticas que fueron llevando a cabo posteriormente los siguientes gobiernos de UCD, PSOE y PP; y le hacía sombra al Rey, que se asegura que ya estaba deseando quitárselo de en medio).
– El 18 de Enero se produce una reunión en Madrid de varios de los golpistas, en la que acuerdan posponer un mes la ejecución del golpe, a la espera de ver si tiene éxito la próxima moción de censura contra Suárez promovida por el PSOE.
– Pero el 21 de Enero Suárez, harto de los movimientos subterráneos de los que está siendo víctima, y en vista de que no puede hacer nada para evitar la evolución que están tomando los acontecimientos, decide romper la situación de la única manera que se le ocurre: hace pública por sorpresa su intención de dimitir, enfrentándose a los que quieren quitarle de en medio de una forma más discreta…

Su discurso de dimisión, resultó bastante extraño y oscuro para la mayoría de los españoles. Y en él afirmaba con rotundidad que dimitía «sin que nadie se lo hubiese pedido»; movido por un sentido de servicio al pueblo español; y porque no quería que «el sistema democrático de convivencia» fuese «una vez más un paréntesis en la historia de España».

Esta última afirmación, existente en el borrador original del discurso, fue suprimida de mutuo acuerdo por Rafael Arias Salgado y Pío Cabanillas, cuando unas horas antes le revisaron el texto, porque les pareció «sorprendente, extraña, e inoportuna porque podría producir inquietud» (esta fue la única corrección de sustancia que le hicieron; pues todas las demás fueron pequeñas modificaciones de forma). Pero Suárez volvió a incluirla por su cuenta, y nunca quiso explicar –por «sentido de estado y lealtad»– el porqué de dichas frases –que evidentemente eran muy importantes para él–.

Tiempo después, Emilio Atard afirmaría en un libro sobre la transición, que el Rey le había llegado a exigir la dimisión a Suárez. Pero también es cierto que este último lo desmintió en una rueda de prensa en Palencia el 19/11/1983. Y que mucha gente opina que, aunque es indudable que existía desde hacía meses una tensión creciente entre el Rey y él –y que Juan Carlos le había retirado su apoyo anterior–, la decisión última de dimitir en aquel momento fue tomada por sorpresa (Luis Herrero, por ejemplo ofrecía argumentos sólidos en el sentido de que es imposible que el Presidente estuviese considerando dicha decisión tan sólo cinco días antes); y que Suárez actuó por iniciativa propia y con unas motivaciones con un trasfondo no del todo aclarado –independientemente de que es posible que pudiese haber contribuido el que el Rey hubiera podido presionarle anteriormente en algún sentido–.
– Días después (3/2/1981), se ascendió de rango al general Alfonso Armada con la firme oposición expresa de Suárez (que llevaba tiempo obstaculizándolo); y utilizando un cauce excepcional –sin pasar por el Consejo de Ministros– para evitar que éste pudiera impedirlo en su carácter de Presidente del Gobierno interino a la espera de su sustitución formal.
Mucho tiempo después Suárez confesaría que, tras enterarse, había tenido una tremenda bronca telefónica con Agustín Rodríguez Sahagún (que fue quien le puenteó, accediendo al parecer a una petición personal del Rey): «Le dije que acababa de firmar la autorización para que se produjese en España un golpe de estado. Y que cuando viera a Armada al frente de los golpistas recordara que había sido por su culpa.»

Armada había sido recientemente Secretario de la Casa del Rey, hasta que fue depuesto tras llegar al enfrentamiento público con Suárez con motivo de la legalización del divorcio que éste promovió. Suárez lo consideraba un elemento muy peligroso para el régimen democrático que él estaba tratando de construir; y su propósito de evitar que ocupase delicadas posiciones de confianza había sido origen de fuertes discusiones con el Rey.
Lo cierto es que, gracias a su nuevo rango y destino, Armada quedaba situado en una posición privilegiada para colaborar con el golpe.
– Durante la tarde del 23 de Febrero, el general Alfonso Armada se presentó en las puertas del Congreso con el pretexto de facilitar la negociación para la rendición de las fuerzas de Tejero. Pero, en realidad, su misión –planificada de antemano por los jefes golpistas a espaldas del propio Tejero– era entrar en el hemiciclo (respaldado por los destacamentos militares de la acorazada Brunete que a última hora no se sacaron a la calle en vista de la situación de fracaso) para imponer la aceptación en el Congreso de un «Gobierno de Concentración Nacional» formado por militares y civiles. Entre los militares previstos, él ocuparía el cargo de la Presidencia del Gobierno, y Milans del Bosch recibiría el mando supremo militar; y en la lista de civiles que llevaba, se incluía entre otros a Felipe González (para la Vicepresidencia), Enrique Mújica, Manuel Fraga, y Ramón Tamames (vinculado entonces a la ejecutiva del PCE; pero siempre en posiciones ideológicas muy confusas, por las que se le catalogaba de submarino del PSOE –o de algún interés más a la derecha– y que le valieron para acabar obteniendo financiación del grupo PRISA).
– Tejero había recibido instrucciones directas de Milàns del Bosch de aceptar, llegado el momento, lo que el general llamó la «solución Armada». Pero, al conocer en qué consistía dicha «solución» y el contenido exacto de la lista, se sintió traicionado por sus jefes golpistas (al ver incluidos a varios que consideraba «rojos»), y decidió impedir la entrada al general Armada y abortar el golpe; y comenzó a buscar la manera de retomar la situación, para buscar la manera de conseguir según sus propias palabras el «salir de una forma honrosa» (entendiendo a su juicio que debía ser coherente con cómo lo había sido para él la entrada al Congreso: «por la puerta, de uniforme, obedeciendo ordenes de sus superiores y al servicio de la Patria»).
– No sólo Tejero desconocía los verdaderos planes de los autores intelectuales del golpe y la realidad completa de la trama golpista (actuaba tan sólo cumpliendo unas ordenes que, hasta donde sabía, le parecían coincidentes con sus propias ideas). Sino que, de entre los menos de una veintena guardias civiles que tomaron el Congreso –y que son la imagen del golpe–, es absolutamente seguro que, al menos varios de ellos, no sólo desconocían el propósito del asalto, sino que –una vez que se dieron cuenta de lo que se trataba– estaban totalmente en contra de aquella acción (tal como lo manifestaron a sus rehenes antes de conocer el «fracaso» del golpe); y, además, carecían de la preparación adecuada (en realidad, algunos de ellos acababan de iniciar su formación para acceder al cuerpo de la «guardia civil de tráfico»), e incluso habían sido pertrechados deprisa y corriendo de una forma lamentable (hasta se dió la circunstancia de que parte de la munición que se les facilitó improvisadamente no era compatible con el armamento).

Y aunque no está probado que el Rey estuviese implicado en el golpe; parece seguro que así lo creían algunos de los propios golpistas, que consideraban a Armada su intermediario. De hecho, el golpe había sido precalentado desde el periódico ultra-derechista «El Alcázar», argumentando el que una vez eliminado Suárez, llegaría la hora de la intervención del Ejercito y la Corona para devolver el orden a España.
– El Rey expresó públicamente su oposición cuando el golpe estaba ya completamente fracasado desde todos los puntos de vista. Y tan sólo quedaba por confirmar con su orden el que todos debían colaborar en que fuese abortado y negociar la salida del Congreso.
Su primera intervención pública se produjo a las 01:14 horas de la madrugada del 24 de Febrero.

Con posterioridad al golpe, cabría legalmente el haber disuelto las Cortes y convocar nuevas elecciones. Dicha medida hubiera tenido mucho sentido desde el punto de vista político, y llegó a plantearse. Pero se consideró preferible que se repitiera la votación del nombramiento de Calvo Sotelo –como estaba previsto– como presidente de un gobierno de trámite que se «comiera» la gestión de determinadas papeletas incómodas y facilitara el camino posterior…
Todos los analistas coinciden en que, si se hubiesen celebrado en aquel momento las elecciones, Suárez que estaba siendo defenestrado –incluso por sus propios compañeros de partido–, hubiera tenido un respaldo popular abrumador para cualquier proyecto político que hubiese presentado (refundando la UCD o respaldándola en su nueva trayectoria).

Sin embargo, en 1982 el PSOE accedió al poder, iniciando el bipartidismo hegemónico actual en que PP y PSOE se suceden continuándose en una misma labor política en lo sustancial (gracias a una ley electoral muy poco democrática, que se planteó como medida provisional de «discriminación positiva» para evitar determinados problemas propios del final de la dictadura, pero que más de 30 años después no se quiere cambiar).

Sólo cabe pensar, que la desaparición de la UCD fue planificada; y que se llevó a cabo con la colaboración de algunos de sus propios dirigentes, que se cuidaron de cargarse a Adolfo Suárez primero y dinamitarla desde dentro después.

Y algunos se han preguntado si el golpe de estado triunfó en cierto modo. Y si fue el principio del fin de una transición hacia la democracia a la que se le impuso un punto y final precipitado.
– Algunos dirigentes políticos de entonces del mayor relieve, han reconocido públicamente que se acordó tapar el alcance de las ramificaciones de la trama golpista y minimizar en lo posible la represión de implicados al número imprescindible.

Ello produjo que los elementos verdaderamente incontrolados –como Inestrillas y otros– retomaran su empeño primitivo de abortar cualquier cambio de régimen; y que intentaran en varias ocasiones (al menos en 1982 y 1985) realizar golpes de mano de mucho mayor calado y de signo muy diferente, que incluían expresamente la eliminación física del Rey, de los principales dirigentes del PSOE y otros políticos clave, y de los militares afectos al nuevo régimen. Y, en este sentido, se ha conocido que un «topo» facilitó que se pudiera frustrar un macro atentado en 1985, durante el Desfile de las Fuerzas Armadas en Galicia, que –como parte de uno de dichos planes– pretendía la voladura de la tribuna de autoridades, eliminando de un golpe a casi toda la familia real, a la cúpula del gobierno PSOE y a otros dirigentes políticos, y a la cúpula militar adicta.
– El Rey no testificó en el juicio (a pesar de que se vertieron acusaciones sobre él; y de que se le pretendió citar a declarar). Y tampoco ha dado jamás directamente ninguna explicación sobre su papel antes, durante y después del golpe (ni para presentarse como salvador del pueblo español; ni para reconocer o desmentir nada). Ni de porqué, entre Diciembre de 1980 y Febrero de 1981, se entrevistó 11 veces con el general Armada (que ya no ocupaba ningún puesto en la Casa Real). Pero no hay que olvidar que, de acuerdo al ordenamiento legal, «La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad» (Const. T.II, Art.56:3); y que «De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden» (Const. T.II, Art.64:2). Es decir, que el Rey está por encima de la ley; que carece de responsabilidad por sus actos; y que no puede ser juzgado por ningún tribunal español, ni puede ser obligado a testificar contra su voluntad (siguiendo el modelo que ya establecían las Leyes Fundamentales para el anterior Jefe del Estado).
– El 21 de Noviembre de 1983 (un año después de que el PSOE acceda al gobierno) se anuncia que a los generales condenados por el 23-F se les respetará el 100% del sueldo base, trienios y grado.

Este gesto de magnanimidad tenía sustento legal (igual que los posteriores indultos). Pero resultó sorprendente en un contexto en el que era muy normal el aplicar, interpretar, adecuar, o modicar las leyes de acuerdo a las necesidades del momento (tal y como, en mucha menor medida, se ha seguido haciendo después en determinados terrenos de cierta relevancia política).
– Dos días después, el gobierno «socialista» aprueba un proyecto de ley que recoge –entre otras medidas extraordinarias– algunos recortes de la libertad de prensa (formula judicial para el cierre de periódicos) y del derecho de asociación (formula judicial para la ilegalización, disolución y persecución de asociaciones políticas), considerando que el margen para el ejercicio de dichos derechos durante la época Suárez se había llevado hasta un extremo excesivo, y utilizando el pretexto de su necesidad para la «lucha contra el terrorismo».

Y con ello rompe un criterio fundamental de la filosofía de lo que se había propuesto anteriormente que tenía que ser el estilo de convivencia democrática post-franquista.

Pues según las líneas maestras expuestas como espíritu de la «Reforma Democrática», que obtuvo en las urnas el 15 de Diciembre de 1976 (Referendum para la aprobación del Proyecto de Ley para la Reforma Política) el mayor refrendo que ha existido en nuestra historia [94’45 % de síes y 2’57 % de noes, con 85’5% de participación (aunque estos datos varían ligeramente, según las fuentes; tal vez por corresponder a avances oficiales no definitivos, o por estar redondeados)], a pesar de la petición de boicot de la practica totalidad de los partidos de «izquierdas» y de las «derechas conservadoras y ultras»… Todo el mundo tendría derecho a perseguir cualquier objetivo, fuera el que fuese, y el estado no entraría a juzgar sobre su legitimidad; y tendría el derecho a exponer públicamente sus ideas, proyectos y opiniones, sin restricción alguna (incluso aunque fuesen en contra del marco legislativo vigente). Pero se perseguiría ferozmente (aunque con los medios más legítimos) a todo aquel que, para conseguir sus fines, atentase con sus acciones contra el derecho de cualquier otro (mediante el asesinato, el secuestro, el robo, o cualquier otro tipo de delincuencia común). De manera que quedaría abolido el delito político; y las personas sólo podrían ser perseguidas por sus delitos comunes (puesto que en democracia ya no tendría justificación alguna el recurso a la violencia para perseguir ningún fin).

Y de hecho, incluso el propio Felipe González (que en su momento dio repetidas pruebas de su actitud en contra) se apoyaba bastante tiempo después en dicha filosofía cuando le convenía. Como, por ejemplo, para justificar la política de su gobierno en los nombramientos y ascensos de militares, que benefició mayoritariamente a militares de ideas involucionistas y postergó a los que se la habían jugado por la democracia con su militancia en la UMD:

«Yo no juzgo cual es la manera de ver las cosas de una persona siempre que, al mismo tiempo, esa persona cumpla su misión desde el punto de vista castrense.»

(declaraciones a Pepe Oneto el 8/9/1984)
– Y justo cuando hay un cierto grado de normalidad institucional, cuando ya se dispone de una constitución pactada que desarrollar y hacer realidad para alcanzar las esperanzas de la transición que le fueron prometidas al pueblo español, y cuando hay un gobierno que se proclama «izquierdas», es cuando se inicia el periodo al que se llamó del «desencanto»…