
Pocos, muy pocos han sido los medios de prensa escrita que estos días no han publicado la impactante imagen de la cogida del matador Julio Aparicio, esa en la que el pitón del toro le entra por la garganta y le asoma por la boca. Y supongo que nadie, con un mínimo de sensibilidad, ha dejado de experimentar un estremecimiento de horror ante semejante escena.
La figura del hombre ensartado se muestra en la parte izquierda de la instantánea, pero yo me pregunto, ¿cuántos han reparado en la zona de la derecha de esa misma fotografía?, allí dónde se contempla una gran mancha roja de sangre sobre el cuerpo de toro, la que brota del agujero provocado por la pica y del lugar en el que aparecen, también ensartadas, varias banderillas.
El sobrecogimiento para el dolor del torero, la indiferencia para el sufrimiento del animal. Curiosa postura, y muy parcial, sobre todo teniendo en cuenta que la angustia y las heridas de uno y de otro, son el resultado del placer y del negocio que el ser humano obtiene de la tortura de un toro y que éste último, nunca elige participar en tan brutal y repugnante representación.
Nos hablan los periódicos de la entereza, del valor y de la dignidad de Julio
Aparicio, de su tranquilidad, porque, afirman, «los grandes toreros son así». Él
está sereno, Opíparo está muerto, como los toros a los que el matarife cortó las
orejas un día antes en Nimes, como los que seguirán padeciendo y muriendo bajo su
espada una vez que se haya restablecido y regrese a esos infamantes ruedos donde se
entremezclan la vergüenza, el atraso, la angustia y la muerte.
Debería, la imagen de la cogida, ser razón suficiente como para prohibir de una vez
por todas y sin excepciones una tradición criminal, letal para todos los toros y de
vez en cuando también para algún hombre, a la que siguen asistiendo niños, que se
promueve y subvenciona desde instancias oficiales y que cuenta con el respaldo de
personajes muy poderosos. En definitiva, todo un aparato al servicio de una
costumbre que nos equipara con los pueblos más salvajes del Planeta y que echa por
tierra nuestro pretendido afán de universalización de los derechos.
Quien practica la violencia, el que vive de ella, el que la ensalza y procura su
continuidad, no merece ser llamado héroe, sino individuo nocivo, porque lo es tanto
para sus víctimas como para la sociedad en la que da rienda suelta a su agresividad
con incomprensible impunidad. Y que ningún taurino diga que me alegro de la suerte
de este torero, no lo hago tampoco cuando un pirómano se abrasa con las llamas que
ha provocado, pero no olvidemos que las heridas, por graves o espectaculares que
sean, no otorgan ética a conductas que carecen de ella. E ignorar que los toros son
asesinados en razón de su especie, es una demostración de lo que digo.
Julio Ortega Fraile
www.findelmaltratoanimal.blogspot.com
¿Y quién compadece al toro?
Nadie compadece el toro menos los antitaurinos que pasamos por enfermos mentales. Las bromas que tengo que soportar cuando digo mi oposición a las corridas. No me molestan, me hacen ver una total ignorancia y una total in-humanidad.
Los toreros que son encornados no me hacen pena ABSOLUTA.
Un abrazo,