Yo fui golondrina en Kabul. Mi ciudad se consumía en un interminable aullido que al fin descubrió sus fauces perversas. Ellas, las golondrinas de tierra, hubieron de sepultarse de nuevo en guaridas subterráneas. Pero yo, faltándome el aire, para volar, volé, para poder volar solo, para volar, volé.

Al norte en el verano, al sur en el invierno, busqué largos meses la tibieza de un espacio propio donde anidar sin prisa, pero – desorientadita yo- con ningún rumbo atinaba: me asfixió el aire de Yemen, me dolió la gelidez en Crimea, me pesaron en Persia las alas, en Bangladesh y en Armenia… Y por todas, todas partes, inútilmente bateaban golondrinas bajo la tierra.

Supe de un muro un día, allá en la que llaman Ciudad Blanca. Quizá al otro lado podría… pero ¿cómo atreverme, si no sabía ni en qué lado del muro estaba? Por entonces, al atravesar una región que no era ni turca, ni siria, ni persa, sino todas las naciones juntas de la tierra, escuché tras de mí el eco de un canto que me decía “Ciao, bella, ciao”. Y en ese momento comprendí que yo ya nunca volvería.

Sobre el espejo del mar, fijé mi rumbo hacia el sol que declina. Arriba el infinito, abajo cientos de sombras que se ahogaban sin más testigo que mi reflejo diminuto sobre las olas. Hasta que, al borde de la rendición, inane y exhausta, divisé este monte sagrado. No, no moriría tras tan larga travesía. Con un último esfuerzo, logré arribar a puerto, y conocí esta población amable, donde tantas como yo me saludaron, y desde donde salgo yo ahora a recibir a tantas y tantas historias que después de mí, también exhaustas, han de seguir llegando.

Demétria d’Alcanyiç

2 thoughts on “Desmoronados imperios”
  1. Desmoronados imperios
    Bonito texto. Viva los pájaros. No conocen fronteras. Algunas a larga distancia, otras a corta distancia y las vagabundas. Aquí en Cúcuta tenemos el toche que va y viene entre Colombia y Venezuela disfrutando de las corrientes de aire más favorables.

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