
Capítulo III
La eficacia es lo primero.
La bala de plata del uranio empobrecido.
1. La bala de plata.
En 1991, durante la Guerra del Golfo, el ejército estadounidense utilizó por primera vez -al menos de manera oficial- un nuevo metal que estaría destinado a revolucionar el mundo del armamento convencional. El mal llamado “uranio empobrecido” -UE- es un subproducto resultante del proceso de producción de combustible destinado a los reactores nucleares y a la fabricación de bombas atómicas, a partir del mineral de uranio. Es en realidad un material de desecho fruto del “enriquecimiento” del mineral, o aumento de la concentración del isótopo fisible -Uranio 235- que es el material utilizado en la industria civil y militar nuclear. Está compuesto mayoritariamente por el isótopo no fisible 238 -un 40% menos radiactivo que el 235- pero también por otros metales residuales altamente tóxicos, como el plutonio. Extremadamente denso y pesado, el UE ha revelado una enorme utilidad como revestimiento de proyectiles y de blindajes. Al ser, además, un material pirofórico instantáneo -que se inflama al alcanzar su objetivo- el poder de penetración del proyectil se multiplica hasta el punto de llegar a perforar el hormigón o el acero blindado. El estado en que quedaron los blindados iraquíes en la tristemente famosa Carretera de la Muerte, que unía Kuwait con Basora, o el refugio de hormigón armado de Al-Miriya, en Bagdad, en el que murieron más de cuatrocientas personas -la mayoría mujeres y niños- ilustra de manera adecuada el poder destructivo de esta novedosa “bala de plata”.
El propio desarrollo de la industria nuclear civil en Estados Unidos, y sobre todo la creación de un enorme arsenal de armamento atómico durante toda la época de la Guerra Fría, generó una ingente acumulación de peligrosos residuos cuyo coste resultaba, y sigue resultando, altamente oneroso. Según datos del Departamento de Energía, las reservas de UE rebasan en la actualidad las 730.000 toneladas, con una vida media -con su correspondiente peligro de contaminación radiactiva- de unos 4.500 millones de años. Recientemente se ha firmado un contrato con una compañía para la conversión de todas estas reservas en una forma de óxido más estable y menos segura: el proceso, que llevará 25 años, costará a las arcas públicas unos 558 millones de dólares. Y con ello el problema de estos residuos, lejos de resolverse, solamente se irá retrasando. Desde finales de los setenta, sin embargo, la industria militar encontró una utilidad insospechada en los residuos de UE: podía convertirlos en un arma extremadamente eficaz y al mismo tiempo ahorrarse el coste de su mantenimiento. A partir de entonces, el UE ha sido empleado masivamente como refuerzo de blindajes, lastre o contrapeso de todo tipo de aparatos -desde aviones hasta carretillas elevadoras- y en el recubrimiento de proyectiles de todos los calibres, incluidas las cabezas de los misiles balísticos. Con tal de ahorrar dinero, Estados Unidos no sólo ha aprovechado este material en su beneficio, sino que además ha venido cediéndolo gratuitamente a un buen número de países interesados en adquirirlo. Actualmente son muchos los países que compran o fabrican armas con uranio empobrecido: desde Gran Bretaña, Francia o Rusia, hasta Japón, Israel, Pakistán y las monarquías del Golfo. 1
2. Oh, my God!
En marzo de 1991, el mayor Doug Rokke -físico y especialista en salud- formó parte del primer equipo nombrado por el Pentágono para estudiar los efectos del uso de uranio empobrecido en el escenario de la Operación Tormenta del Desierto, y de paso descontaminar el material militar susceptible de ser reutilizado. Según datos oficiales, durante la campaña militar, el ejército estadounidense había disparado un total de 320 toneladas con municiones de UE. Rokke y sus compañeros estuvieron trabajando en Kuwait y Arabia Saudí: efectuaron mediciones de radiactividad en la Carretera de la Muerte y consiguieron descontaminar y recuperar decenas de tanques que habían sido atacados por el “fuego amigo”. Incluso realizaron disparos de prueba para estudiar el efecto del impacto de los proyectiles y la oxidación del UE. Antes de que acabara el año, su equipo estaba en condiciones de efectuar un dictamen. Según Rokke, sólo había una expresión para describir lo que habían visto: Oh, my God. La contaminación estaba por todas partes. Su conclusión era que había que prohibir el uso del UE por el enorme peligro que entrañaba para la salud humana y el medio ambiente.
Rokke y sus compañeros detectaron significativos niveles de radiación alrededor de los tanques iraquíes destrozados por el impacto de la munición de UE, en un radio de 50 metros. Comprobaron lo que sucedía cuando un proyectil de estas características hacía blanco en un blindado: al arder, un 40% de la masa inicial se perdía en el impacto, volatilizándose en finísimas partículas de óxido de uranio que podían fijarse en el suelo o permanecer en suspensión y ser transportadas a kilómetros de distancia, según las características climáticas del terreno. La inhalación de estas micropartículas -de entre 1 y 3 micrones- era sin duda el medio más peligroso de contaminación, ya que una vez alojadas en el organismo humano -en los pulmones- actuaban como fuentes de radiación interna. Los efectos perniciosos de esta radiación eran múltiples: desde afecciones pulmonares y renales hasta inmunodeficiencias, cánceres, linfomas y malformaciones de fetos. El polvo de uranio en suspensión, además, podía contaminar el medio ambiente y pasar a la cadena alimenticia humana, al fijarse en la tierra cultivable o en las aguas subterráneas. Para colmo, cerca de 60% de la masa del proyectil conservaba su forma inicial: los restos de estos proyectiles permanecían en el terreno expuestos a que fueran manipulados por niños y adultos. Dado que el UE se inflama por impacto, su manipulación accidental podía generar segundas explosiones e incendios, multiplicando así sus efectos contaminantes.
El primer informe del equipo enviado al Pentágono fue silenciado. No era de extrañar: estando todavía en Arabia Saudí, en marzo de 1991, recibieron la orden de aportar únicamente información que justificara el futuro uso del UE, fueran cuales fueran sus descubrimientos. Las conclusiones de su estudio, por el contrario, recomendaron prohibirlo por sus efectos nocivos tanto para las tropas estadounidenses como para la población civil en el escenario de combate. Con el tiempo, eso le costaría la carrera a Doug Rokke, que ya para entonces había empezado a enfermar, junto con muchos de sus compañeros. El sofisticado material protector que llevaban no los libró de la contaminación. Sus máscaras estaban diseñadas para filtrar partículas de hasta diez micrones de óxido de uranio, ya que según el Pentágono, no podían alcanzar un tamaño inferior. Durante la década pasada fallecieron treinta de las cien personas implicadas de forma más directa en la investigación. En 1996, Rokke presentó un elaborado proyecto de tratamiento y protección contra el uso de UE que fue desestimado por los responsables militares de los principales ejércitos occidentales. Su versión era, y sigue siendo, la de que el uranio empobrecido no constituye un peligro especial para la salud.
Según Rokke, la razón de este empecinamiento era clara: “Cuando vas a la guerra, tu objetivo es matar. Y el UE es la mejor arma que tenemos para hacerlo”. El ejército estadounidense -y los principales ejércitos occidentales- continúa negándose a renunciar a un arma capaz de atravesar el acero blindado de los carros de combate del enemigo como si fuera mantequilla, proporcionándole así una ingente ventaja en los escenarios de guerra convencional. Tampoco hay que olvidar el problema de las indemnizaciones a los soldados que resultaron contaminados durante la operación Tormenta del Desierto. A fecha de hoy, cerca de una cuarta parte de los 700. 000 soldados de la coalición aliada padecen lo que se ha dado en llamar el “síndrome del Golfo”: una variada casuística de enfermedades producidas por la exposición a todo tipo de productos tóxicos -bajos niveles de gas sarín, humo de los incendios de los pozos de petróleo, tabletas anti-gas nervioso que las tropas eran obligadas a ingerir- entre los que el UE ha jugado un papel relevante. Hasta ahora se han contabilizado unas 7.000 víctimas mortales de este síndrome. En el caso por la contaminación por el Agente Naranja durante la guerra del Vietnam, el gobierno de Estados Unidos terminó admitiendo las reclamaciones de los soldados que habían pisado el escenario de combate después de que empezara a ser utilizada ese arma química. Si el gobierno reconociera ahora una relación directa entre el UE y dichas enfermedades, se vería obligado a desembolsar partidas millonarias para indemnizar a la mayoría de los veteranos del Golfo.
Con el tiempo se ha ido sabiendo que el uranio 238 no ha sido el único metal tóxico -aunque sí el mayoritario- que integra el mal llamado uranio empobrecido: también incorpora pequeñas cantidades de uranio 236, de neptunio, americio y plutonio, aún más peligrosas para la salud. Recientes investigaciones han denunciado que una de las principales plantas de tratamiento y almacenamiento de UE -Paducah, en Kentucky- está contaminada con plutonio, la sustancia más tóxica de todas, mucho más perjudicial que el uranio. El Departamento de Defensa de Estados Unidos ha tenido que reconocer ese hecho, aunque negándole importancia. Los efectos, sin embargo, son evidentes. Doug Rokke denunció asimismo la práctica ilegal de ensayos de armas con UE en territorio estadounidense. Municiones de este tipo han sido disparadas en bases y polígonos militares de Nevada, Indiana, Nuevo México, Florida, Maryland y Puerto Rico. En la polémica base portorriqueña de Vieques, por ejemplo, la Marina efectuó 258 disparos deliberados de munición de UE en vísperas de la intervención militar en Kosova, en 1999. Fue, sin embargo, la primera vez que se supo: diversos responsables militares aseguraron que se trataba de una práctica antigua, de años. Desde 1941, el ejército estadounidense ha venido utilizando dos tercios de la pequeña isla de Vieques para maniobras militares. Actualmente, más de una tercera parte de sus casi diez mil habitantes padecen problemas de salud que pueden estar relacionados con el UE: durante los últimos veinte años, el número de cánceres de mama, de matriz y de glándulas linfáticas se ha triplicado, y el índice de cánceres supera en un 26’9 % a la media nacional. Durante los últimos años, la presión de un audaz y masivo movimiento de desobediencia civil respaldado por la inmensa mayoría de los portorriqueños ha conseguido cuestionar seriamente la permanencia de la base militar, cuyos días parecen estar contados.
Si esto se ha producido en los alrededores de un polígono de pruebas, no es difícil imaginar lo sucedido en los escenarios de combate reales. Fuentes iraquíes atribuyen el incremento de casos de cáncer y de malformaciones genéticas en el sur del país a las trescientas veinte toneladas de UE disparado durante la operación Tormenta del Desierto. En esta región, los índices de cánceres se han multiplicado por 11, y los de mortalidad por 19. Dadas las características climáticas del desierto, los vientos han transportado las micropartículas de UE a kilómetros de distancia del teatro de operaciones, contaminando zonas muy alejadas. Actualmente Doug Rokke sigue empeñado en su particular batalla contra el uso de UE: es uno de los mayores expertos sobre la materia, y ha denunciado su uso en multitud de bases militares y escenarios de combate de todo el mundo. Él mismo es un testimonio vivo de su denuncia: tiene los pulmones y los riñones afectados, sufre fatiga crónica y padece de fibromialgia, lo que le provoca constantes dolores en los músculos y tendones. 2
3. El síndrome de los Balcanes.
A finales del año 2000 estalló en Europa el escándalo del llamado “síndrome de los Balcanes”, a partir de las muertes por leucemia de varios soldados italianos destacados en los Balcanes en el marco de la misión militar de la OTAN. Los afectados de leucemia, linfomas y diversos tipos de cáncer comenzaron a proliferar entre la tropa multinacional: Francia, Bélgica y España también registraron casos similares, y se apuntó como explicación la contaminación del territorio balcánico con proyectiles de uranio empobrecido utilizados en los diversos bombardeos de la Alianza en 1994 y 1995 sobre Bosnia Hercegovina, y en 1999 sobre Kosova.
La primera reacción de la OTAN fue rechazar toda relación entre el uso del uranio empobrecido y las afecciones cancerosas de los soldados. Se trataba del consabido argumento -utilizado hasta la saciedad por el gobierno estadounidense con el síndrome del Golfo- de que el UE resultaba absolutamente inocuo: un discurso que, al parecer, resultaba compatible con las ocultaciones más flagrantes. Si el escándalo del síndrome de los Balcanes obligó a la Alianza Atlántica, tarde y mal, a admitir el uso de munición de UE durante la campaña de bombardeos contra Serbia y Kosova de 1999, no ocurrió lo mismo con los ataques que habían sido efectuados en territorio bosnio en 1994 y 1995. Todavía en diciembre de 2000, el portavoz de la misión militar atlántica en Bosnia-Hercegovina -Fuerza de Estabilización, SFOR- afirmaba categóricamente que en ningún momento había utilizado ese tipo de munición en los ataques aéreos que preludiaron la profunda implicación de la OTAN en los conflictos balcánicos. Pero al calor de la polémica del nuevo síndrome de los Balcanes, los indicios de lo contrario no tardaron en acumularse, tozudos. A principios de enero del año siguiente, el mando militar de Estados Unidos se vio obligado a reconocer que sus aviones A-10 -anticarros- habían empleado UE durante sus operaciones en Bosnia, tanto en 1994 como en 1995, aunque subrayó por enésima vez que dicha munición no revestía riesgo alguno ni para las tropas ni para la población civil. Las cifras oficiales de la OTAN estimaban en 10.000 los proyectiles con UE disparados en territorio bosnio, y más de 30.000 en Kosova. Para entonces, sin embargo, ya no se hablaba solamente de soldados afectados. Poco después del reconocimiento estadounidense, el Ministerio de Salud de la Federación Bosnio-Croata informó de que durante los últimos años se había producido un fuerte aumento de cánceres en la región, aunque evitaba relacionar el dato con el uso de UE por parte de las tropas de la Alianza.
Mientras tanto, y por lo que se refería a Kosova, la OTAN había venido adoptando una estrategia tan obstruccionista como intrusiva frente a las investigaciones en curso, dirigidas por la ONU. En junio de 1999 fue filtrado a la prensa un primer informe del Programa de Medio Ambiente de Naciones Unidas -UNEP- en el que se advertía sobre una posible contaminación con uranio empobrecido a raíz de los bombardeos sobre Serbia y Kosova de aquel mismo año. La filtración fue realizada, al parecer, por sectores hostiles al director de la UNEP, Klaus Töpfer, cuya morosa actitud respecto a la publicación del texto obedecía, según los mismos, a presiones de Washington. El informe de la UNEP, publicado oficialmente en octubre, recogía un elocuente dato: hasta el momento la OTAN no le había facilitado información alguna sobre los bombardeos con UE. Peor aún: ni siquiera los había reconocido, a pesar de que existían fundadas sospechas sobre su uso. A partir de este momento, la Alianza se dio tan poca prisa en aportar a la UNEP los mapas de los bombardeos realizados -que también fueron filtrados a la prensa, en marzo de 2000- como empeño puso en minimizar los riesgos para la salud de la contaminación por UE, tarea en la colaboraron eficazmente altos cargos de la ONU como el enviado especial en los Balcanes, Carl Bildt. La UNEP, por su parte, tampoco se apresuró demasiado en enviar una misión científica que investigara ese tipo de contaminación sobre el terreno. De hecho, Töpfer pospuso el comienzo de los trabajos hasta después de las apresuradas elecciones municipales del 24 de octubre de ese año, organizadas por la ONU en colaboración con la OTAN. Según algunas interpretaciones, una investigación de ese tipo habría podido retrasar el retorno de los refugiados albanokosovares a Kosova, además de proyectar una sombra muy negativa sobre la “guerra humanitaria” que había acaudillado la Alianza.
Para octubre de 2000, sin embargo, y mal que le pesara a la OTAN, la polémica sobre el Síndrome del Golfo había estallado en toda su virulencia a partir de los casos de soldados italianos, belgas y españoles afectados por cánceres y otras enfermedades que muy bien podían tener que ver con la contaminación del UE. La presión sobre la ONU para que aclarase lo sucedido se hizo mucho más intensa. El gobierno italiano, entre otros, así lo exigió: no así el gobierno español que, fiel al discurso de la OTAN, se empecinó en negar a priori toda relación entre el UE y las enfermedades de sus soldados. En España, la Oficina del Defensor del Soldado -ODS- se ocupó no solamente de visibilizar un número nada despreciable de militares afectados, sino de denunciar la situación de desamparo en que se encontraban, privados desde 1998 de asistencia sanitaria a cargo del Estado. Al mismo tiempo, el ministro de Defensa, Federico Trillo, minimizaba la cantidad de afectados y rechazaba la concesión de indemnizaciones mientras no se probara fehacientemente la causa: posición idéntica a la asumida por el gobierno de Estados Unidos para no indemnizar a las víctimas del síndrome del Golfo. En enero de 2001, la ODS contabilizaba cinco fallecimientos de un total de dieciséis enfermos de cáncer entre las tropas españolas. Por aquellas fechas se hablaba de más de medio centenar de afectados en todo el contingente multinacional: sólo entre los soldados italianos se había producido una treintena de casos, con siete fallecidos. Quizá el mayor problema que presentaban estas estadísticas, a la hora de su correspondiente denuncia, era que los casos se producían por goteo. Para febrero de 2002, y dado que el “goteo” había sido constante, las cifras eran bastante más altas: el llamado síndrome de los Balcanes había afectado a unos 64 soldados españoles que habían participado en las misiones de Kosovo y Bosnia, de los cuales once ya habían muerto. Una rápida comparación con el contingente total enviado evidenciaba una ratio mucho más elevada que la normal. Para entonces, sin embargo, la polémica había perdido fuerza: había dejado de ser noticia y no era ya portada en casi ningún medio de información. 3
4. Sobre informes, mapas y mentiras.
Por su parte, durante todo este tiempo, la ONU -a través de la UNEP y de un equipo especializado, Balkans Task Force- elaboró un estudio de campo, finalmente publicado en marzo de 2001, que no tardó en suscitar serias sospechas. El equipo de catorce investigadores enviado a Kosova en noviembre del año anterior solamente visitó 11 de los 96 lugares bombardeados con proyectiles de UE disparados por los aviones estadounidenses A-10 Thunderbolt, según el mapa facilitado por la OTAN: cinco en el sector de despliegue de las tropas italianas y seis en el de las alemanas. En muchos de ellos encontraron restos de la munición explosionada, alrededor de la cual fueron detectados bajos niveles de radiación. Por cierto que, a partir de análisis de los residuos, quedó confirmado que el mal llamado UE no sólo contenía uranio 238, sino también uranio 236 y plutonio. Su conclusión, sin embargo, fue que los riesgos de radiación y contaminación química eran insignificantes, si bien se recomendaba la adopción de diversas precauciones en las zonas afectadas. También se alertó sobre algunas “incertidumbres científicas”, como la posible contaminación de las aguas subterráneas, cuyo estudio en profundidad se dejaba para otra ocasión. En conjunto, sin embargo, el dictamen fue inequívocamente benévolo, algo de lo cual la OTAN se apresuró a felicitarse.
Pero el informe presentaba ciertamente serias carencias, sobre todo en el aspecto metodológico. En primer lugar llamó la atención la escasa envergadura del trabajo de campo: catorce científicos que dispusieron solamente de doce días para visitar una décima parte -once- de los lugares de bombardeo reconocidos por la OTAN. Además sólo pudieron ser inspeccionados debidamente cuatro del total de once, debido a que los otros siete resultaban demasiado peligrosos debido a la presencia de minas y bombas de racimo sin explotar. En segundo lugar, las condiciones en que fue realizada la visita tendieron a favorecer desde un principio la postura de la Alianza, que en todo momento asumió la tarea de organizar y asesorar la visita de los científicos. Los investigadores no pudieron inspeccionar, tal y como era su deseo, carros de combate serbios destruidos por la munición de UE: para entonces tales vehículos ya habían sido retirados por las tropas de KFOR, la misión atlántica en Kosova. La Alianza tampoco facilitó información alguna a la UNEP ni sobre la retirada de dichos carros de combate ni sobre los lugares a los que habían sido trasladados. Lo ocurrido con la guarnición de Djakovica, en el Sudoeste de Kosova -uno de los lugares visitados- da una idea bastante exacta de los defectos de un estudio de campo que estaba absolutamente mediatizado por la OTAN. Justo después de los bombardeos de 1999, un periodista visitó Djakovica y vio cómo los residentes de la población arrancaban y aprovechaban para chatarra diversas partes de los tanques destruidos: incluso los niños jugaban en su interior. Para noviembre de 2000, los científicos de la UNEP no encontraron ningún vehículo: todos habían sido retirados. En tercer lugar, el mismo enfoque de la investigación resultaba bastante discutible, dado que si bien se procedió a medir los índices de radiactividad del suelo, de la vegetación y del agua en las zonas donde se habían producido los impactos, se desestimó completamente el estudio de los efectos del polvo de óxido de uranio, los más peligrosos en caso de inhalación. De hecho, no se realizó ni un solo estudio sanitario entre las poblaciones que habían podido resultar afectadas, como la de Djakovica.
El asunto de los mapas de los lugares de bombardeo facilitados por la OTAN también levantó suspicacias. En enero de 2001 -cuando todavía no había sido publicado el informe de la UNEP- la Alianza se encontraba en una situación ciertamente apurada, que decidió remediar anunciando una campaña de transparencia informativa: un cambio de táctica que no podía resultar más llamativo después del secretismo que había mantenido hasta el momento en que ya no pudo negar lo evidente. Por aquellas fechas divulgó en su página web mapas con las zonas de Kosova atacadas con municiones de UE procedentes de los aviones estadounidenses A-10. Se trataba de los mismos mapas que habían sido entregados a la UNEP para su misión de campo del año anterior, así como a los diversos gobiernos de los países aliados que los habían pedido. Casi de inmediato, diversos medios informativos confirmaron que estaban plagados de errores y ambigüedades: algunos ataques, por ejemplo, estaban datados después de que se ordenase el cese el fuego, el 10 de junio de 1999. La cifra total de proyectiles disparados sumaba 30.523, pero en bastantes ataques no se reflejaba la cantidad, que aparecía en las listas como “desconocida”: al parecer ni la misma OTAN parecía saber cuántas bombas había lanzado. Y no era extraño, ya que pese a la insistencia en su presunto carácter “quirúrgico”, el bombardeo sobre Serbia y Kosova fue en realidad un bombardeo de saturación, destinado a minimizar las bajas propias a costa de maximizar los “daños colaterales”: a título de ejemplo, sólo un tercio de los disparos de los aviones A-10 dieron en el blanco.
La publicación de los mapas de la OTAN despertó, para colmo, un profundo recelo acerca de los criterios utilizados en la distribución de la tropa multinacional desplegada en territorio kosovar, una vez finalizados los bombardeos. ¿Obedecía a alguna razón especial que al contingente hispanoitaliano le hubiera sido asignada la región del país que más bombardeos con UE había sufrido, o se debía a una simple casualidad? Sólo el sector Oeste había recibido más de un tercio de los impactos de las bombas anticarro de los A-10 estadounidenses: justamente en la población mencionada de Djakovica, de las más duramente castigadas, se desplegó una unidad española. El siguiente sector más afectado -Sur- fue ocupado por las tropas alemanas. Las tropas francesas, británicas y estadounidenses ocuparon, en cambio, las zonas del Centro, Norte y Este que mejor libradas habían salido de este tipo de ataques y de la contaminación resultante.
Que los lugares de bombardeo con uranio empobrecido en Kosova no llegaran a ser conocidos -y no sólo por la opinión pública, sino por los gobiernos de algunos países aliados- hasta bastante después del fin de la campaña militar de 1999 constituye, quizá, el detalle más escandaloso de todos. Todavía en enero de 2001, el mando militar de las tropas italianas en Kosova afirmaba que el Departamento de Defensa de los Estados Unidos no le había facilitado información ni programa de asesoramiento alguno sobre los peligros de la contaminación por UE, algo con lo que sí contaban las tropas estadounidenses. Y eso que posiblemente ignoraba aún que sus soldados se encontraban en la región más castigada por ese tipo de bombardeos: el dato de que entre aquéllos se hubiese dado el mayor número de casos de cáncer de toda la tropa multinacional no parece ajeno a ese hecho. En cuanto al gobierno español, su ciega fidelidad al discurso atlántico lo había arrastrado a un comportamiento en el que se combinaba la ignorancia más irresponsable con la más descarada de las mentiras. Ante el Congreso de los Diputados, el gobierno Aznar había afirmado en dos ocasiones -en septiembre de 1999 y en mayo de 2000, como respuesta a preguntas formuladas por el grupo parlamentario de Izquierda Unida- que desconocía que la OTAN hubiese utilizado uranio empobrecido en los bombardeos sobre Kosova. En enero de 2001, sin embargo, la Alianza se curó en salud y declaró haber informado a los países aliados del uso de esta munición desde mayo de 1999, con lo que resultaba obvio que el gobierno había mentido por dos veces al Parlamento. Por cierto que el ministro Trillo intentó justificarse y cuadrar el círculo con la peregrina explicación de que los militares españoles sí que habían sido informados por la OTAN, pero que no habían considerado la información lo suficientemente “relevante” como para transmitirla al gobierno.
Secretismo, ocultación sistemática, informes tendenciosos, publicación de datos falsos, mentiras a los Parlamentos: con estos mimbres parece estar tejida la trama que envuelve el síndrome de los Balcanes. Y, sin embargo, quizá no constituya más que una mínima parte del problema realmente existente, cuyas consecuencias seguirán pagando tanto las tropas de la OTAN como las poblaciones de las zonas afectadas. Hasta ahora, el debate sobre el uso de uranio empobrecido se ha limitado a los proyectiles anticarro de los aviones estadounidenses A-10 Thunderbolt. Los mapas publicados por la Alianza se han limitado a informar sobre este tipo de arma, dando a entender tácitamente que no se ha utilizado ninguna otra con UE, lo cual no es en absoluto cierto. Durante los bombardeos de 1999 también fueron disparados multitud de misiles de crucero Tomahawk y bombas inteligentes que, según algunos investigadores, contenían asimismo uranio empobrecido. Concretamente las cabezas de los misiles balísticos poseen una masa muchísimo mayor de este material contaminante. La OTAN parece haberse olvidado de informar sobre este armamento: como si no existiera. Y la ONU también, ya que el segundo informe de la UNP sobre la contaminación ambiental por uranio empobrecido en Serbia y Montenegro, publicado en marzo de 2002, ha continuando investigando únicamente lugares de bombardeo con proyectiles de aviones A-10. De manera que es muy probable que la cifra oficial de un total de nueve toneladas y media de UE contaminando el suelo, el agua y el aire de Kosova acabe resultando incluso pequeña, además de falsa . 4
4. Un escenario bélico aún más contaminado: Afganistán.
Lo ocurrido con los síndromes del Golfo y de los Balcanes no parecehaberhecho mella en la inquebrantable voluntad de los principales ejércitos del mundo, encabezados por Estados Unidos, de seguir utilizando uranio empobrecido. El último episodio de esta ya lúgubre saga lo constituye la última campaña militar desatada en Afganistán, en octubre de 2001, en forma de réplica vengativa a los atentados del Once de Septiembre. En esta ocasión, al no tratarse de una “guerra humanitaria” propiamente dicha, el debate sobre las bajas y perjuicios para la población no combatiente parece haber perdido fuerza en comparación con lo ocurrido en Kosova, que ya es decir. El empleo masivo de bombas de racimo ilustra bien esta despreocupación por el sufrimiento de la población civil. Cada bomba de este tipo alberga más de doscientas más pequeñas que pueden permanecer sin explotar en el terreno durante años -a manera de minas antipersonales- sembrando más muertes una vez terminada la guerra. Nada de esto pareció preocuparle al Secretario de Defensa Rumsfeld cuando, en plena campaña militar, defendió públicamente su utilización.
Un factor ha agravado esta situación: el exagerado secretismo que ha rodeado el empleo de armamento más o menos novedoso, en el marco de una operación protagonizada casi en exclusiva por Estados Unidos y marginando incluso a la OTAN y a la mayoría de sus aliados europeos. La versión oficial del Departamento de Estados Unidos y del Ministerio de Defensa británico, avalada por el Programa de Medio Ambiente de Naciones Unidas (UNEP) ha negado el uso de armamento con uranio empobrecido en la campaña afgana: los únicos restos encontrados han sido atribuidos por Rumsfeld -de manera bastante poco verosímil- a la organización Al Qaeda Algunos estudios, sin embargo, sugieren lo contrario. Según el investigador independiente Dai Williams, desde 1997 el ejército estadounidense ha estado modificando y perfeccionando sus misiles y bombas inteligentes: los prototipos más modernos fueron ensayados en Kosova y, en mucha mayor medida, en Afganistán. La innovación ha consistido en sustituir las cabezas convencionales por otras más densas y pesadas, probablemente compuestas por uranio, capaces de perforar profundos refugios excavados en la roca. A diferencia de los proyectiles anticarro de los A-10 utilizados en Bosnia y Kosova, la carga de UE de un misil de esas características se oxida y volatiliza en un 100%. Si a esto se añade el dato de que dicha carga supera la tonelada y media de peso en algunos modelos -como la Bunker Buster GBU 28 fabricada por Raytheon- la contaminación radiactiva en Afganistán podría alcanzar niveles muy superiores a las de otros escenarios bélicos.
Apoyándose en los datos públicos facilitados por las propias empresas fabricantes, Williams ha apuntado incluso la inquietante posibilidad de que se esté utilizando no solamente UE, sino metal de uranio con la misma mezcla isotópica del uranio natural -aún más radiactivo que aquel- en el equipamiento de las cargas de esos misiles. Lo cual explicaría el gran aumento de polvo de uranio en suspensión poco después del bombardeo sobre Serbia y Kosova, detectado en algunos estudios realizados en Hungría y Grecia. Para el caso de Afganistán, Williams ha calculado en más de 10.000 las toneladas de uranio desperdigadas en suelo afgano, como peor de los escenarios posibles: más de tres veces la cantidad de UE disparada durante la Guerra del Golfo de 1991. Las investigaciones médicas ya han empezado a validar estos cálculos. El estudio realizado en el Este de Afganistán por Asaf Durakovic -antiguo médico especialista del ejército estadounidense, como Doug Rokke- ha detectado un nivel de concentración de isótopos de uranio cerca de cien veces más alto que el normal en las muestras biológicas analizadas. Ya lo dijo el propio Durakovic -uno de los primeros estudiosos del Síndrome del Golfo- en su intervención ante el Congreso de Estados Unidos en 1997: los campos de batalla del futuro, en mucha mayor medida que en tiempos anteriores, seguirán amenazando a los “supervivientes” una vez finalizada la guerra de turno.
Irak ha vuelto a ser uno de esos “campos de batalla del futuro”. Durante la última campaña de bombardeos, en la primavera de 2003, los ejércitos de Estados Unidos y de Gran Bretaña han vuelto a reconocer y a justificar el uso de uranio empobrecido en sus proyectiles. Doug Rokke ha sido uno de los especialistas que ha reaccionado contra lo que no tiene empacho en calificar de “crimen de guerra”:
“Esta guerra se ha hecho por la posesión de armas ilegales de destrucción masiva por parte de Irak… y nosotros mismos estamos usando armas de destrucción masiva. Semejantes criterios de doble moral son repugnantes”.
El uso consciente y sistemático de un material tan contaminante como el uranio empobrecido resume una singular perversidad de la lógica militarista: la que prioriza y maximiza la eficacia -en este caso, la eficacia de la destrucción- sobre cualquier otro criterio. Cualquier medio vale con tal de alcanzar el fin perseguido: incluso el sacrificio no ya de la población civil en la que se interviene militarmente -a veces para “defender los derechos humanos” o “salvarlos del genocidio”, como en el caso de los albanokosovares en 1999- sino el de los propios soldados, reducidos a la condición de peones perfectamente prescindibles. La superioridad del UE sobre cualquier otro material a la hora de destrozar sus objetivos -penetrar en el acero o en el hormigón como si fuera mantequilla- y su coste absolutamente superfluo -su propia utilización ahorra dinero al suprimir costes de mantenimiento- justifican, desde esta perversa óptica, la muerte de miles de personas y la contaminación de por vida del medio ambiente. Ante esta lógica, incluso las fronteras geográficas y culturales tienden a difuminarse. Muere población civil de Europa o Asia, pero también soldados de Estados Unidos y aliados. Se contaminan extensos territorios en Afganistán e Irak, pero también el suelo estadounidense de los alrededores de las plantas de tratamiento de UE como la de Paducah, con unos índices de contaminación insospechados que también han hecho estragos en las poblaciones de la zona. La argumentación, en el fondo, no puede ser más simple. Como apuntaba el veterano Doug Rokke, “cuando vas a la guerra, tu objetivo es matar. Y el uranio empobrecido es la mejor arma que tenemos para hacerlo”. 5
1.- La página web de Ecologistas en Acción (www.ecologistasenaccion.org) proporciona una buena información básica en español sobre el uranio empobrecido. Los datos sobre el proyecto de conversión del UE están extraídos del texto “Conversión de reservas de UF6 empobrecido de EE.UU.” publicado en Monitor Nuclear de WISE /NIRS, 13 de septiembre de 2002, de la World Information Service on Energy (www.antenna.nl/wise).
2.- Las citas textuales de Rokke reproducidas en el capítulo pertenecen a la entrevista realizada por Travis Dunn y publicada el 28 de diciembre de 2002, “Depleted uranium: killer disaster” (www.stopthenato.org). También he utilizado un texto suyo: “Depleted Uranium: Uses and Hazards”, versión actualizada del que fue presentado en la Cámara de los Comunes el 16 de diciembre de 1999 (disponible en www.ratical.org). El libro Uranium Appauvri, la guerre invisible (Éditions Robert Laffont, Paris, 1991) de Martin Meissonier, Frédéric Loore y Roger Trilling explica con detalle la contaminación con plutonio en la planta de Paducah. En www.viequeslibre.org se recogen estudios sobre el alto índice de cánceres en la isla portorriqueña de Vieques. La página web de la Campaña de Apoyo a Vieques es www.viequessupport.org.
3.- Los diversos informes de la UNEP se pueden consultar en www.unep.org. Sobre la filtración del primer informe de la UNEP en Kosova he utilizado el artículo de Robert James Parsons “The Balkans DU Cover-Up” publicado en The Nation y reproducido en www.stopthenato.org. La página web de la Oficina del Defensor del Soldado es www.civilia.net.
4.- Una interesante crítica al informe de UNEP publicado en marzo de 2001 en “UNEP report on depleted uranium in Kosovo”, WISE New Comunique, 23 de marzo de 2001 en la página web de WISE mencionada en la nota primera. En “The Trail of a Bullet”, Scott Peterson, de The Christian Science Monitor, publicó en octubre de 1999 un interesante reportaje sobre la contaminación con UE en Djakovica: en alguna fotografía se puede ver cómo sus habitantes procedieron a desguazar los carros de combate serbios inmediatamente después del bombardeo (www.csmonitor.com). La declaración del mando militar italiano, realizada el 12 de enero de 2001, aparece recogida en el texto de Rokke “Depleted Uranium: Uses and Hazards”, citado en la nota segunda. El catedrático de Derecho Constitucional Javier Pérez Royo se ocupó de criticar con todo lujo de argumentos -principalmente jurídicos- la posición del gobierno español y en concreto la del ministro Trillo, en el artículo “Mentira imposible”, El País 16-1-2001. La sospecha sobre el uso de UE en misiles y bombas inteligentes lanzadas sobre Serbia y Kosova ha sido apuntada por el investigador independiente Dai Williams en el informe “Depleted Uranium weapons in 2001-2002”, disponible en su página web: www.eoslifework.co.uk.
5.- “Claro que usamos bombas de fragmentación: queremos matar talibanes”, fueron las palabras textuales utilizadas por Rumsfeld para defender el uso de bombas de racimo, recordando asimismo que “las ruinas de las Torres Gemelas aún humean” (El País, 2-11-2001). El estudio de Williams sobre la contaminación por uranio del territorio afgano -“Mistery Metal Nightmare in Afghanistan?”- puede consultarse en su página web. He extraído el dato sobre el nivel de contaminación del Este de Afganistán, aportado por el doctor Durakovic -investigador del Uranium Medical Research Center (www.umrc.net)- de la carta enviada por Dai Williams al Primer Ministro británico Tony Blair el 13 de octubre de 2002 acerca de los planes de invasión de Irak, recogida asimismo en su web. La frase de Durakovic sobre los “campos de batalla del futuro” aparece citada en el dossier “Depleted Uraniun in Bunker Bombs” (www.stopthenato.org). La última cita de Rokke está recogida del artículo de Neil Mackay, “US force’s use of depleted uranium weapons is illegal”, en Sunday Herald, 30-3-2003 (www.sundayherald.com).
1.- ¿A qué llamamos militarismo? Un viaje por la historia.
2.- El discurso del miedo: El informe de la montaña de hierro.
> La eficacia es lo primero. La bala del plata del uranio empobrecido
Solo una palabra , y es esta, tu valor a no dejar sin justicia a tantos y tantos seres que no pueden hablar, la justa verdad es grata, solo se puede llamar el nombre del ser divino ya que en este dilema no tenemos las armas para declarar la defensa , nos encontramos con la mas grande de las barreras de impotencia, una de ellas que somos seres de moral y la otra que no hemos iniciado guerra contra este fenómeno destructivo . que si todos lo sabemos? SI lo sabemos, y quien esta a favor de tal delito? Les aseguro que ni el propio pueblo estadounidense lo esta. La conciencia humana no a cambiado en todo este tiempo y tal ves nunca lo haga ………………….. suerte humanidad.