
Cuando Thoreau recuperó el conflicto entre legitimidad y legalidad esbozado por La Boétie y perfilado por Rousseau, hubo de romper necesariamente con esa forma “esencialista” de enfocar el poder. Para ello, Thoreau se fijó en los desafíos lanzados por anarquistas y cristianos a esas formas de entender el poder, sobre todo prestando atención a un fenómeno que ya existía en su realidad y que, en su época, el siglo XIX, se había manifestado varias veces en forma de insumisión al servicio militar o negación a pagar impuestos municipales.
Su aportación fue, por tanto, más teórica que práctica, a pesar de la famosa noche de julio que pasó en el calabozo por negarse a pagar
impuestos. Tras esa experiencia Thoreau escribió un pequeño libelo, llamado “Del deber de la desobediencia civil” justificando su renuencia a colaborar con un Estado que permitía el esclavismo, hacía la guerra a México y sometía a la
población nativa americana. Al hacerlo, inventó el concepto de
desobediencia civil y esbozó la idea de no-colaboración dando
la vuelta a las ideas de su época sobre el Estado como un
contrato social en el que los ciudadanos suscriben leyes y
gobernantes. Thoreau lo expresó del siguiente modo:
«En su “Duty of Submission to civil Government”
Paley, autoridad común con tantos otros sobre
cuestiones morales, reduce toda obligación civil al
grado de conveniencia; y viene a decir, que “en
tanto el interés de la sociedad toda lo requiera, es
decir, mientras el Gobierno establecido no pueda ser rechazado o cambiado sin inconveniencia
pública, es la voluntad de Dios que aquél sea
obedecido, y nada más”… Con la admisión de este
principio, la justicia de cada caso particular de
resistencia se reduce a un cómputo de la cantidad
de peligro y trastorno, de un lado, y de la
probabilidad y coste de remediarlo, del otro. Al
respecto, añado, que cada hombre juzgue por sí
mismo. Parece no obstante, que Paley jamás ha
considerado aquellos casos en que no rige la regla
de lo utilitario, aquellos en los que un pueblo, al
igual que el individuo, debe hacer justicia a
cualquier precio. Si yo le he arrebatado
injustamente el leño salvador a un hombre que se
ahoga, debo devolvérselo aunque perezca yo. Según
Paley, tal sería inconveniente. Pero el que salvaría
su vida, en tal caso, debe perderla. Este pueblo
debe dejar de tener esclavos y de hacer la guerra a
Méjico, aunque le cueste la existencia como
pueblo.»25
De este modo Thoreau situaba a los principios morales
por encima de las leyes o el gobierno, poniendo de relieve la
innecesaria concordancia entre la legitimidad y legalidad que
reclama para sí falsamente el legislador. Al hacerlo construyó
la base para una acción política desde el punto de vista ético en
que la desobediencia se convertía en una obligación moral del
ciudadano. De esta forma, inevitablemente acababa con la
tradición de la esencia del poder y exigía una demanda
democrática de legitimidad en el mismo.
Sin embargo, a pesar de este énfasis en la moralidad no
hay que considerar a Thoreau como antecedente de la corriente
ética de las teorías de la noviolencia, sino más bien de la
estratégica. Thoreau no consideraba la noviolencia de una
forma holística, aunque hablara de la desobediencia civil como
una «revolución pacífica»26. Por el contrario apoyó tanto a John
Brown, un guerrillero abolicionista que se dedicaba a asaltar
haciendas para liberar esclavos, como a Abraham Lincon en su
cruenta guerra contra el esclavismo27. Thoreau simplemente
consideraba que cuando el sistema político no da opción al
ciudadano a decidir en la vida política, éste tiene el derecho y la
obligación de realizar todas las acciones que estén a su alcance
para acabar con la injusticia que esté presenciando, incluso con
violencia, como hacía John Brown. Sus ideas sobre la
desobediencia civil como “revolución pacífica” fueron
recuperadas entre otros por Lev Tolstoi, Bertrand Russell, Bart
de Ligt, Mohandas Gandhi o Luther King y aún siguen siendo
directamente recuperados por muchos y muchas activistas que
ponen en marcha campañas de desobediencia civil.
Por lo tanto, Thoreau simplemente teorizó sobre una
forma de acción que ya se venía practicando en su tiempo, pues
a lo largo del siglo XIX había habido ya campañas de
desobediencia netamente pacifistas, por ejemplo la de los
objetores de conciencia de algunas sectas cristianas, y otras de
corte más estratégico o pragmático, como la de los
revolucionarios nacionalistas en imperios como el británico, el
ruso o el austro-húngaro. Además, el movimiento sufragista, había estado empleando también la acción directa noviolenta en
sus campañas para pedir el voto femenino, pues ya desde sus
inicios el movimiento feminista había venido planteando una
renovación de los métodos de acción política al reproducir
muchos de ellos pautas patriarcales. En ese tiempo, no
obstante, era la extendida propuesta de huelga general existente
en el movimiento obrero europeo antes de que ésta se legalizase
la propuesta más firme de desobediencia civil.
Sin embargo, salvo algunas excepciones que veremos
más adelante, estas propuestas pacíficas de acción política no
inspiraron elaboraciones teóricas sobre las propias técnicas de
acción política hasta mucho después y las siguientes
aportaciones, tanto a la idea de desobediencia civil como a la de
acción política sin violencia, se hicieron principalmente como
legitimación de campañas de objeción de conciencia en
diferentes partes del mundo. Desde Rusia, el famoso escritor
Lev Tolstoi, sumido en una profunda crisis espiritual que marcó
la última parte de su vida, teorizó sobre el poder sacando a la
luz su lado oscuro de represión y dominación y dotó de un
sentido político a la negativa a realizar el servicio militar de
algunas sectas protestantes. Su llamamiento a la desobediencia
fue ampliamente recogido durante la Primera Guerra Mundial
cuando, como veremos más adelante, la objeción de conciencia
se convirtió en un fenómeno de masas al negarse decenas de
miles de jóvenes y no tan jóvenes de todos los países en
conflicto a convertirse en soldados (aunque simultáneamente
otros millones sí lo hacían). Gracias a Tolstoi, la objeción de
conciencia dejó de ser, en muchos casos, un asunto de
coherencia personal y pasó a convertirse en todo un desafío al
orden establecido. Veamos pues algo más detenidamente la
gran aportación del maestro ruso y la importancia que tuvo en
su momento histórico.
Notas
25 Thoreu, Henry David: “Del deber de la desobediencia civil” Ediciones del
Valle. Buenos Aires Argentina, 1997. pág 27.
26 Thoreu, Henry David: “Del deber de la desobediencia civil” Ediciones del
Valle. Buenos Aires Argentina, 1997. pág 35.
27 Para ampliar datos vitales de Thoreau, ver: Casado, Antonio: “Thoreau.
Biografía esencial”. Ediciones Acuarela. Madrid. 2005.